미주 기독일보 편집고문 및 자문위원들과 함께 한국교회연합 지도자들이 지난 달 31일 뉴욕 도버에 위치한 세계올리벳성회를 방문했습니다. 이 성회는 장재형목사가 설립한 것으로 알려져 있습니다.
해당 방문단은 이날, 미주 기독일보 설립자이자 크리스천포스트 설립자 중 한 명인 장재형목사를 만나 따뜻한 대화를 나누었으며, 세계 기독교계의 주요 현안들에 대한 토론이 이루어졌습니다.
이번 미국 방문은 기독일보가 국제적인 네트워크를 강화하고자 하는 노력의 일환으로, 워싱턴 DC에 위치한 기독교미디어센터를 방문하여 상호간의 교류 및 협력에 대한 논의가 예정되어 있습니다. 기독교미디어센터는 미국에서 대표적인 복음주의 언론사인 크리스천포스트가 소재하고 있으며, 이 미디어센터도 장재형목사에 의해 설립된 것으로 알려져 있습니다.
현재 기독일보는 한교연과 MOU를 체결하여 협력 관계를 구축하고 있으며, 한교연의 주요 리더들인 김요셉 초대대표회장, 권태진 전 대표회장, 송태섭 대표회장 등이 기독일보의 편집고문으로 활동하고 있습니다. 대한예수교장로회 올리벳(한국올리벳성회)은 현재 세계올리벳성회의 일원으로, 한교연의 회원교단으로 활동하고 있습니다. 이번 방문을 통해 기독일보는 지속적인 국제 협력을 강화하고 다양한 교계 지도자들과의 소통을 촉진하고자 합니다.
1. El trasfondo de por qué llevaron primero a Jesús ante Anás
En Juan 18:12-22 aparece la escena en la que Jesús es arrestado y llevado “primero ante Anás”, un episodio de gran relevancia en todos los Evangelios. Al examinar minuciosamente este pasaje, comprendemos de manera integral la naturaleza del poder religioso judío, el trasfondo político y social de la época, el interrogatorio ilegal e injusto que sufrió Jesús, el miedo y el fracaso de sus discípulos, y en última instancia, cómo se revela la misión redentora de Jesucristo. En particular, la perspectiva que el Pastor David Jang ha destacado en múltiples sermones y conferencias —“la corrupción del poder religioso y la historia de salvación que continúa aun en medio de ello”— nos recuerda que este suceso no es simplemente un juicio religioso ocurrido hace 2,000 años, sino que también hoy encierra una lección profunda para nosotros.
Después de su arresto, la guardia, el tribuno y los alguaciles de los judíos ataron a Jesús y lo llevaron de inmediato ante Anás. Este hecho de por sí pone de manifiesto varios aspectos muy significativos. En los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), se da más énfasis al interrogatorio de Jesús frente al sumo sacerdote Caifás. Sin embargo, el Evangelio de Juan subraya que Jesús fue llevado primero ante Anás, revelando así la ilegalidad del proceso judicial y la enorme influencia del poder religioso en la sombra. Originariamente, el cargo de sumo sacerdote era vitalicio, pero en esa época el Imperio romano dominaba la tierra de Judea y, por intereses económicos y lazos políticos, el puesto de sumo sacerdote se sustituía con frecuencia, lo que daba pie a la corrupción. Anás era el epicentro de estos manejos. Ejerció como sumo sacerdote desde el año 6 al 15 d. C., y luego perpetuó su gran poder haciendo que sus cinco hijos ocuparan sucesivamente el sumo sacerdocio. Asimismo, cuando su yerno Caifás ejerció como sumo sacerdote oficial, Anás siguió siendo el verdadero hombre fuerte tras bambalinas. Precisamente Juan 18:13 resalta: “Anás era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año”, en consonancia con esta realidad.
El Pastor David Jang llama la atención sobre este punto, enfatizando que el sumo sacerdote “oficial” ante la vista de todos era Caifás, pero el verdadero artífice que arrestó e interrogó a Jesús era Anás, cabeza de un inmenso cártel religioso. Al mandar llevar primero a Jesús a su casa, Anás optó por un procedimiento personal y discreto en vez de un juicio formal en el Sanedrín, violando así todo protocolo legítimo. La familia sumo sacerdotal, que en teoría debía ser fiel a la Ley, la estaba destruyendo al tramar conspiraciones en secreto durante la noche. De acuerdo con la Ley judía, el Sanedrín no podía reunirse de noche y los juicios debían celebrarse en el patio del Templo. Además, siendo los judíos sumamente escrupulosos con la Ley, el simple hecho de interrogar a Jesús la misma noche en que lo arrestaron evidenciaba una infracción pública de la misma.
El problema no se reducía a que el juicio se llevara a cabo durante la noche —una irregularidad procesal—, sino también a que los cargos contra Jesús eran desde el principio forzados y arbitrarios. Durante el ministerio público de Jesús, los sumos sacerdotes y los dirigentes religiosos intentaron repetidas veces tenderle trampas o acusarlo de blasfemia. Para ellos, expresiones como llamar al Templo “la casa de mi Padre” (Jn 2:16), decir “Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2:19) o proclamarse “Hijo de Dios” fueron el pretexto para condenarlo a muerte en la cruz. Sin embargo, Jesús siempre enseñó públicamente, sin recurrir a ninguna organización secreta ni a doctrinas engañosas. Por ello, Juan 18:20 recoge que Jesús declara: “Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en secreto”.
Aun así, Anás llama a Jesús en privado y le pregunta: “¿Cuál es la doctrina que enseñas y quiénes son tus discípulos?” (cf. Jn 18:19). Era una pregunta hecha con la intención de confirmar el veredicto ya decidido de antemano y hallar alguna “prueba de blasfemia” para imputársela. Según los Evangelios, en un juicio público judío era indispensable la presencia de dos o más testigos que coincidieran, y no se aceptaban falsos testimonios ni declaraciones obtenidas por coacción. Además, Anás, que en ese momento no era el sumo sacerdote en funciones, no tenía autoridad legal para interrogar a Jesús, y el lugar del interrogatorio tampoco era el patio del Templo. No se había convocado todavía una sesión formal del Sanedrín; llevar a Jesús atado ante Anás durante la noche era una transgresión evidente de las leyes y la Ley mosaica.
Ante esto, el Pastor David Jang señala: “Anás personifica la verdadera naturaleza de ese poder religioso corrupto, y su pecado interior fue la raíz de la conversión del Templo en un mercado”. El Templo, controlado por la familia de Anás, se había transformado en un “sistema de venta de sacrificios con fines de lucro”. Aun cuando los fieles llevaban ofrendas sin defecto desde fuera, se las declaraba inadecuadas, obligándolos a comprar animales caros en el interior del Templo. Así, se imponía una carga excesiva a los pobres y se enriquecía la familia sacerdotal. Jesús purificó el Templo para derrocar semejante corrupción, y para esos dirigentes religiosos Jesús se convirtió en una amenaza a su posición privilegiada. Por eso, la conspiración para deshacerse de Él se fue gestando continuamente hasta llegar a su punto álgido en la captura nocturna y el interrogatorio de aquel día.
La frase de Caifás: “Conviene que un hombre muera por el pueblo” (Jn 11:50) refleja que el plan conjunto para sacrificar a Jesús con fines políticos y religiosos ya estaba trazado. Y quien manejaba en la sombra todo ese poder real era Anás. Que Jesús fuera llevado primero ante Anás demuestra que, antes incluso de la tragedia de la cruz, la corrupción secreta del poder religioso era profunda, y describe el entramado del mal que operó cuando Jesús caminó en soledad hacia la corona de espinas.
El pasaje continúa relatando cómo Simón Pedro y otro discípulo conocido del sumo sacerdote siguen a Jesús, y ese discípulo hace que ambos entren en el patio de la casa del sumo sacerdote (Jn 18:15-16). El texto no identifica explícitamente a ese “discípulo que conocía al sumo sacerdote”. La tradición apunta la posibilidad de que fuera el mismo Juan, o algún otro discípulo con influencias; algunos inclusive sugieren que podría haber sido Judas, el traidor. Sea como fuere, el aspecto crucial es que, cuando era imprescindible el testimonio de un discípulo a favor de Jesús —pues legalmente se requerían dos o más testigos en el juicio—, Pedro, presa del miedo, responde: “No le conozco” (Jn 18:17).
El Pastor David Jang destaca que, si bien Pedro tuvo el valor de seguir al Maestro hasta el final para permanecer a su lado, al negarlo en el momento decisivo no pudo cumplir ningún papel de testigo. Del lado de Caifás o Anás ya había un “insider”, Judas, que podía inculpar a Jesús. En un juicio justo, solo la palabra de Judas no habría bastado y habría sido necesaria la declaración de testigos en favor de Jesús. En este contexto adquiere gran relevancia la afirmación del Señor: “Pregúntales a los que han oído lo que yo les he hablado; ellos saben lo que dije” (cf. Jn 18:21). Pero Pedro lo niega tres veces, y los demás discípulos huyen. De esa manera, la verdad de las enseñanzas de Jesús se quedó sin quien la defendiera, en medio de tantos testimonios hostiles.
Juan 18:22 describe una escena violenta: “Cuando Jesús dijo esto, uno de los alguaciles que estaba allí le dio una bofetada, diciendo: ‘¿Así contestas al sumo sacerdote?’”. Jesús, que había apelado al debido proceso legal en el interrogatorio de Anás, es agredido y ultrajado por un sirviente presente en el lugar. Donde debería reinar la Ley y la verdad, los líderes religiosos y sus esbirros actúan con violencia. El Pastor David Jang analiza esta escena señalando: “Donde falta la verdad, abunda la violencia”. En un ambiente marcado por la mentira, la conspiración y la corrupción, Jesús soporta en silencio la humillación de aquel “juicio ilegal”, y enseguida lo llevan ante Caifás y posteriormente ante Pilato, hasta la crucifixión. Pero todo este proceso forma parte en última instancia de la consumación de la historia redentora de Dios, como lo presentan los Evangelios.
El episodio de que Jesús fuera llevado primero ante Anás nos enseña cuán aterrador puede ser el poder religioso que convierte el Templo, “Casa de Dios”, en un “centro de poder y lucro”. Al mismo tiempo, nos muestra a Jesús, que a pesar de enfrentarse a una estructura tremendamente corrupta, no se desvía y asume hasta el fin el camino de la cruz. Este suceso trasciende la salvación individual para inaugurar la renovación y la restauración de la comunidad, abriendo la etapa de un verdadero Templo —el cuerpo del Señor— que tuvo un enorme significado para la Iglesia primitiva. El Pastor David Jang, al exponer este texto, ha subrayado repetidamente que la vida cristiana, a ejemplo de Jesús, debe enfrentar con valentía cualquier injusticia y corrupción estructural, a la vez que la comunidad cristiana ha de guardar particular cuidado de no transitar el “camino de Anás” y caer en la corrupción y la codicia.
En este contexto, se revela un tema central: a través de Jesús se derrumba el “viejo Templo” y se erige el “nuevo Templo”. Cuando Jesús dice: “Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2:19), no se trataba de un simple desafío a las autoridades religiosas judías. Dado que el Templo de antaño estaba corrompido por el pecado y la codicia, el mismo cuerpo de Jesús se convierte en “un Templo nuevo” al entregarse en la cruz para expiar el pecado y, al resucitar, abrir el camino a la verdadera adoración y salvación. Ese mensaje recorre todo el Evangelio de Juan y es la razón de fondo del choque con las autoridades judías que querían crucificar a Jesús. Anás, con su familia y su deseo de conservar sus intereses y su poder, no pudo reconocer la visión del reino de Dios y del nuevo Templo que Jesús proclamaba. Juan 18:12-22 pone en clara oposición esa perversión y la voluntad firme de Jesús de llegar al Calvario, mostrando cómo el camino de la cruz responde al plan salvador de Dios.
Así, la mención de que Jesús fue “primero conducido ante Anás” encierra una profunda revelación de la desnudez del poder religioso corrupto, de la actitud inquebrantable de Jesús, del temor que llevó a los discípulos a la quiebra, y a la vez de la providencia redentora de Dios que trasciende todo eso. El Pastor David Jang retoma de manera recurrente estas implicaciones espirituales del pasaje y exhorta a las comunidades cristianas de hoy a reflexionar seriamente sobre la corrupción interna y la conversión del poder en tiranía que pueden afectarlas. Es particularmente impactante la escena en la que Jesús, a pesar de recibir un ultraje brutal en un “juicio ilegal”, con cada palabra vuelve a sacar a luz la legitimidad de la Ley y desenmascara la ilegalidad de los líderes religiosos. Ese ejemplo nos invita a no doblegarnos ante los poderes de este mundo y a seguir fielmente la verdad. Además, aunque un creyente caiga en la debilidad y la negación al estilo de Pedro, podemos ser restaurados por el amor y la mano sanadora del Señor.
Al final, este relato marca el comienzo del camino hacia la cruz que Jesús transitará a través de los juicios injustos ante Anás, Caifás y Pilato, hasta culminar con la crucifixión. Al ser llevado primero ante Anás, Jesús denunció al detalle la esencia del poder religioso falso y, al mismo tiempo, reivindicó el sentido auténtico del Templo y de la adoración. El Pastor David Jang expone, a partir de este pasaje, que “ningún poder terrenal puede frenar la verdad y que esta, en medio de toda opresión o violencia, finalmente saldrá a la luz”. La artimaña y los juicios fraudulentos urdidos por Anás evidenciaron aún más que Jesús es verdaderamente Hijo de Dios. El desenlace definitivo es que “el reino de Dios ya ha llegado y Jesús es el vencedor”, como proclama el Evangelio.
Por tanto, el primer tema —“El trasfondo histórico-religioso de por qué llevaron primero a Jesús ante Anás y el sentido profundo de este pasaje”— va más allá de una simple enumeración de datos históricos, pues nos enfrenta a la maldad y la corrupción en acción, y nos hace ver cómo Jesús las confrontó, para que hoy la Iglesia y los fieles discernamos con seriedad qué camino hemos de tomar. El punto central que el Pastor David Jang recalca es que “el sufrimiento que Jesús experimentó de manera tan profunda formaba parte de la proclamación del reino de Dios y de la demolición de un Templo decadente, culminando en la cruz y la resurrección, a fin de traer la salvación completa”. Esa salvación no quedó encerrada en un acontecimiento de hace dos milenios, sino que debe reencarnarse de nuevo en medio de nosotros. De aquí se desprende la llamada a examinarnos sin cesar, tanto a nivel personal como eclesial, para no andar “en la senda de Anás”, sino para seguir “el camino de Jesús”, rechazando la corrupción y la falsedad, y practicando la verdad, la justicia y el amor.
2. El sufrimiento y la cruz de Jesús
El interrogatorio ilegal iniciado en presencia de Anás desemboca en el encuentro con Caifás y, finalmente, ante el tribunal de Pilato, donde Jesús es sentenciado a morir crucificado. Sin embargo, los Evangelios aclaran que su sufrimiento no se reduce a ser víctima de una conspiración política y religiosa. Antes bien, el dolor de Jesús se convierte en el instrumento decisivo del “plan redentor” de Dios. Y este relato de la pasión nos interpela hoy a revisar el sentido del culto y el Templo, nuestra actitud ante la autoridad y la verdad, así como lo que implica ser discípulos. El Pastor David Jang insiste en que la enseñanza de Juan 18:12-22 está estrechamente vinculada al “camino de la cruz” que se desarrolla inmediatamente después. Es decir, desde el patio de Anás, Jesús ya mostraba claramente su identidad de Mesías sufriente, y todo el Evangelio enseña que ese sufrimiento culmina en la gloria de la resurrección.
En primer lugar, el sufrimiento de Jesús cumple las profecías del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, es el canal sagrado por el cual se consuma la expiación del pecado humano. Aun en medio de la maldad y la insensatez extremas representadas por el juicio ilegal de Anás, la conspiración de Caifás y la indecisión de Pilato, el propósito divino nunca se vio frustrado. Aunque Jesús respondiera con valentía: “He hablado públicamente… Pregunta a los que me han oído” (cf. Jn 18:21), lo único que recibió fue afrenta y violencia. Se vislumbra aquí el cumplimiento de las profecías de Isaías sobre el Siervo sufriente (Is 53), que describe al Mesías como Rey, pero que vendría a padecer. Jesús no derrotó el mal por la fuerza, sino tomando forma de siervo, manteniéndose en silencio ante los líderes religiosos corruptos y los poderes del mundo. Ese camino de la humillación se transformó en el sacrificio expiatorio que redime los pecados de la humanidad.
En segundo lugar, el Evangelio de Juan subraya con fuerza que este sufrimiento muestra que no es el Templo como institución lo que salva, sino el propio Jesús, “verdadero Templo”. El Pastor David Jang explica: “El antiguo sistema del Templo, dominado por Anás —es decir, el sacrificio de animales de la antigua Ley— queda completamente renovado por el acontecimiento de la cruz de Jesús”. El momento en que el velo del Templo se rasga de arriba abajo en el instante de la muerte de Jesús (Mt 27:51) simboliza el fin de la antigua economía sacrificial y la apertura de un acceso directo a Dios por medio de Jesucristo. Así, el “Templo de Anás” se derrumba y se inaugura la era de la “gracia” con Jesús como auténtico Templo. No obstante, al igual que los líderes religiosos que rechazaron al verdadero Templo, la Iglesia de hoy, si prioriza tradiciones y su propia autoridad por encima de la presencia de Cristo, corre el peligro de incurrir nuevamente en el error de Anás.
En tercer lugar, la negación de Pedro manifiesta la fragilidad de los discípulos, la cual sigue siendo un espejo en el que podemos vernos hoy. Por más que alguien prometa fidelidad, ante peligros y amenazas de muerte se hace difícil testificar de Jesús con firmeza. Pedro amaba al Señor y era reconocido como el principal de los discípulos; incluso en Getsemaní desenfundó su espada para cortarle la oreja a Malco. Pero en el patio de Anás, cuando le preguntan: “¿No eres tú también uno de sus discípulos?” (Jn 18:17), Pedro lo niega. El Pastor David Jang señala que, si contemplamos el corazón de Pedro, veremos el enorme amor que le tenía al Señor y a la vez el profundo miedo que lo dominó. Cuando Pedro rompió a llorar asumiendo el pecado de haber negado al Maestro, el Señor resucitado lo restauró junto al lago de Tiberíades (Jn 21). Esto nos confirma que, aunque el discípulo pueda fracasar estrepitosamente, Jesús siempre lo acoge y lo vuelve a levantar. Nosotros también, en nuestra vivencia de fe, podemos caer en la tentación de “negar al Señor” con nuestras palabras o actos. Pero si hay arrepentimiento sincero, el Señor no solo nos perdona, sino que nos devuelve un encargo mayor.
En cuarto lugar, este pasaje nos obliga a reflexionar acerca de cómo la Iglesia se relaciona con el poder secular y cómo maneja la autoridad interna. Anás y su clan encarnan el perfil de quienes “usan el nombre de Dios en función de su propio provecho”. Con su religiosidad hipócrita y su gran riqueza, contaminaron el Templo. Jesús no pactó con ellos, sino que expuso sus faltas purificando el Templo y denunciando su maldad (Jn 2). Cuando la Iglesia vive en el mundo, a veces ha de colaborar o enfrentarse al poder político, económico o cultural. Sin embargo, si la Iglesia misma se corrompe y se vuelve como la familia de Anás —revestida de “piedad aparente” pero movida por la codicia y la ambición de poder—, corre el riesgo de “crucificar a Jesús de nuevo” en este tiempo. En muchos de sus sermones, el Pastor David Jang ha insistido en la “pureza y transparencia de la Iglesia” y en un liderazgo basado en el servicio, recordando que cada creyente es “real sacerdocio” (1 Pe 2:9). Así, no debemos caer en el autoritarismo eclesial ni en deseos mundanos que desvirtúen el Evangelio.
En quinto lugar, el sufrimiento de Jesús termina siendo una “puerta de victoria”. A través de la intriga de Anás, el juicio de Caifás y el interrogatorio de Pilato, Jesús llega a la cruz y, muriendo en ella, completa la obra redentora. Cuando en Juan 19:30 proclama: “Consumado es”, el diablo y el poder del pecado ya han sido derrotados. Mediante la resurrección, Jesús manifiesta el poder de la vida y envía al Espíritu Santo para dar comienzo a la era de la Iglesia (Jn 20). Así, aunque los poderes religiosos y políticos se coludieran para dar muerte a Jesús, la verdad no se quebrantó, sino que salió triunfante en la gloria de la resurrección. Por ende, al contemplar este texto, no debemos limitarnos a la narración de la pasión, sino percatarnos de que este sufrimiento es la expiación ofrecida en favor nuestro, y que a la postre desemboca en la bendición de la resurrección.
En resumen, “el hecho de que Jesús fuera llevado primero ante Anás” invita a la Iglesia de hoy a mirar con ojos críticos el “poder religioso corrupto” y a reflexionar en profundidad sobre la adoración y la fe genuinas. También, a través de “la negación de Pedro” y “la huida de los demás discípulos”, reconocemos nuestras propias debilidades. Pero así como el Resucitado reunió de nuevo a los discípulos y los rehabilitó, hay esperanza para todo aquel que, aun habiendo caído, retorne al Señor. El Pastor David Jang recalca siempre que “la comunidad de discípulos existe y se restaura únicamente por la gracia del Señor, y que el verdadero dueño de la Iglesia no es el hombre, sino Jesucristo”. Él es el cimiento y la roca sobre la cual descansa la Iglesia. Por eso, aunque en algún momento la maldad, el engaño o la corrupción parezcan imponerse, al final la verdad prevalece y el camino de Dios permanece firme.
Este relato además sugiere que en ocasiones es necesario un acto de reforma radical, aun si ello supone un choque frontal con los sistemas religiosos. Al volcar las mesas de los mercaderes en el Templo (Jn 2:13-22), Jesús mostró que si el Templo ha perdido su sentido original y se ha convertido en un mercado, es preciso cambiarlo con firmeza. Por eso, fue perseguido por el poder religioso. Cuando se habla de “reforma” en la Iglesia, debemos recordar la determinación que mostró Jesús. Si hay líderes corruptos al estilo de Anás y todo su círculo de secuaces e injusticia, la Iglesia está llamada a renovarse y purificarse. Y esto solo es posible por la potencia del Evangelio y la ayuda del Espíritu Santo. Con recursos humanos no basta para erradicar la decadencia eclesial. Pero si la reforma se impulsa “con la Palabra del Señor y el poder del Espíritu Santo”, aunque el camino parezca duro y solitario, conducirá a la victoria final.
El Pastor David Jang, en este contexto, enseña que para que la Iglesia cumpla su misión de ser “luz del Evangelio” ante el mundo, antes “debe reformarse internamente”. Si la Iglesia está podrida por dentro y los líderes buscan el provecho y el poder, el Evangelio de la cruz se distorsiona. Como consecuencia, el mundo señala a la Iglesia con el dedo y la evangelización se ve obstaculizada. Al contemplar a Jesús en manos de Anás, podemos palpar las consecuencias nefastas que trae la corrupción interna de la institución religiosa. Así como el Señor mismo fue entregado en manos de la elite del Templo, hoy día la ambición y la codicia al acecho en la Iglesia la enferman y derriban su influencia positiva hacia el mundo.
¿Cómo salir de esta crisis?
Tomar la vida y las palabras de Jesús como norma suprema. Jesús no cedió ante sumos sacerdotes ni autoridades, sino que se concentró únicamente en cumplir la voluntad del Padre (Jn 4:34). Si la Iglesia hoy está sumida en tradiciones humanas o sometida a líderes que la alejan del espíritu de la Escritura, debe detenerse y volver al camino correcto.
Anhelar la obra del Espíritu y practicar un arrepentimiento comunitario. Tal como Pedro y los discípulos, tras encontrarse con el Resucitado y recibir al Espíritu en Pentecostés (Hch 2), se transformaron de manera radical, el motor que reanima la Iglesia es la “llenura del Espíritu Santo”. Cuando la Iglesia confiesa sus pecados y regresa a la Palabra y al Espíritu, resurge con vitalidad.
Poner en práctica el amor y el cuidado mutuo basado en la verdad de la Palabra, en vez de juicios y heridas.Antes de ir a la cruz, Jesús lavó los pies de sus discípulos (Jn 13) y les dio el mandamiento nuevo del amor, mostrando que la esencia de la comunidad eclesial es el amor. Es el polo opuesto a la tiranía de Anás. Un liderazgo que busca dominar a otros dentro de la Iglesia es incompatible con el ejemplo de Jesús, que vino a servir.
Garantizar la transparencia y la responsabilidad en la estructura administrativa y económica de la Iglesia.La familia de Anás instituyó mecanismos que facilitaban el fraude con los sacrificios en el Templo, lucrándose del culto. Si la Iglesia actual maneja sus fondos y autoridad de forma opaca, los oportunistas pueden infiltrarse y provocar la misma corrupción interna que destruye su credibilidad.
Por medio de esta reforma institucional y espiritual, la Iglesia puede volver a la auténtica adoración. Tal como Jesús dijo: “Nada he hablado en secreto” (Jn 18:20), la Iglesia también debe obrar con justicia y caminar en la luz. De ese modo, frente a las críticas e incredulidad del mundo, podrá predicar el Evangelio con valentía. Así como los discípulos superaron el temor tras Pentecostés y proclamaron con coraje el reino de Dios, la Iglesia auténtica es un instrumento eficaz para extenderlo.
Por consiguiente, la narración de Juan 18:12-22 acerca del sufrimiento de Jesús no pretende culpar únicamente la corrupción del judaísmo del siglo I, sino que refleja, en toda época, la tendencia de la naturaleza pecadora humana a repetirse. A lo largo de la historia de la Iglesia, y también en la actualidad, surgen una y otra vez “líderes tipo Anás”. Por eso, al leer este pasaje, debemos preguntarnos: “¿Será que yo participo en un sistema corrompido? ¿Estoy de veras arraigado en la verdad de Jesús?”. El Pastor David Jang insiste en que “la Iglesia debe comprobar continuamente su identidad a la luz de la Palabra, recordando que lo esencial no es el éxito externo ni el número de miembros, sino la fidelidad al camino de Jesús”.
Al mismo tiempo, a nivel personal, “la negación de Pedro” nos hace ver hasta qué punto somos frágiles. Por mucho que nos esforcemos en la fe, ante la amenaza real contra nuestra seguridad o nuestra vida, podemos negar al Señor. Por eso, no podemos depender únicamente de nuestra firmeza o determinación; necesitamos la ayuda del Espíritu Santo y de la gracia del Resucitado. Desde esa perspectiva, Pedro nos representa a todos y, en el capítulo 21 de Juan, cuando Jesús resucitado aparece a la orilla del lago de Tiberíades y reinstala a Pedro, se revela la mayor esperanza para el cristiano. Aunque hayamos negado tres veces, si nos arrepentimos, Él no se limita a reprendernos, sino que nos confía nuevas misiones.
En conclusión, la frase “lo llevaron primero a Anás” (Jn 18:13) marca el inicio del relato de la pasión de Jesús, y a la vez es la escena decisiva donde se contraponen con nitidez la depravación del poder religioso y la auténtica autoridad de Jesús. El Pastor David Jang, a partir de esta porción bíblica, subraya que la Iglesia y el creyente deben seguir el ejemplo de Jesús, no callar ante la corrupción estructural y alzar la voz de la verdad; si se descubre una perversión semejante, es urgente emprender la reforma con la misma actitud con que Él purificó el Templo. Asimismo, la obediencia de Jesús en su sufrimiento devela el plan de Dios de cargar los pecados del mundo como “el Cordero de Dios” (Jn 1:29). Ese camino conduce, a la postre, a la victoria de la resurrección, tal como proclama el Evangelio.
Contemplar a Jesús en este juicio injusto nos impulsa a revisar la totalidad del acontecimiento de la cruz. La cruz no fue un simple instrumento de ejecución, sino un símbolo del amor absoluto de Dios, que aborrece el pecado pero ama al pecador hasta el extremo. Ese amor no pudo ser detenido por ningún poder humano. Tal como enfatiza una y otra vez el Pastor David Jang, sin la cruz de Jesús el mensaje de salvación en el cristianismo no estaría completo, y sin la resurrección, la muerte en la cruz habría sido el fin de una tragedia. En cambio, la cruz y la resurrección constituyen el núcleo de la historia redentora de Dios, mediante la cual la humanidad recibe nueva vida y una esperanza eterna.
Por todo ello, la Iglesia y los creyentes de hoy cargan con la gran responsabilidad de impedir que surjan líderes eclesiásticos corrompidos a la manera de Anás, y de asumir la pasión de Jesús, defendiendo y anunciando el Evangelio de la cruz. Al recordar la escena donde el Señor defiende la verdad sin ceder un ápice, incluso bajo ultrajes e injusticias, somos llamados a romper nuestras componendas con el mundo y nuestras autojustificaciones, y a vivir con valentía el Evangelio en el poder del Espíritu. Y si alguien se ve dominado por el miedo o llega a negar al Señor, puede hallar consuelo en el ejemplo de Pedro, quien, a pesar de haber caído, fue levantado de nuevo. Esa es la fuerza del Evangelio.
Juan 18:12-22, pues, nos ofrece múltiples lecciones. Expone la corrupción del poder religioso, el coraje y la paciencia de Jesús que lo conducirán a la cruz, la debilidad y la eventual restauración de los discípulos, y el plan salvador de Dios que, derribando el “viejo Templo”, inaugura uno “nuevo”. Para los cristianos, este pasaje confirma que la Iglesia tiene un solo Cabeza, Jesucristo, y que ninguna autoridad humana puede ponerse por encima de la verdad. Asimismo, evidencia que, aunque suframos caídas y vergüenzas, podemos ser renovados en el amor del Señor y en el fuego del Espíritu. El Pastor David Jang sintetiza todo esto diciendo: “El camino de Jesús fue un camino de sufrimiento, pero también de resurrección, en el que se consumó nuestra salvación. De igual forma, quienes vivimos en Jesús, el verdadero Templo, podemos superar toda corrupción religiosa y mundana y gozar la victoria espiritual”. Este es el mensaje vivo que sigue transmitiéndonos el texto “lo llevaron primero a Anás”. Todos los creyentes estamos invitados a acompañar al Señor en su pasión y resurrección, y a resplandecer con la luz del Evangelio en nuestra generación.
In John 18:12–22, we find the significant event where Jesus, having been arrested, is “taken first to Annas.” Within the context of the Gospels, this scene is of crucial importance. A close examination of the passage reveals the nature of the Jewish religious authority at that time, the political and social backdrop, the illegal and unjust interrogation Jesus endured, the disciples’ fear and failure, and, ultimately, how Jesus Christ’s redemptive mission is revealed. Notably, Pastor David Jang has repeatedly emphasized, in various sermons and teachings, the viewpoint that “even amidst the corruption of religious power, the work of salvation continues.” This perspective leads us to see that this was not merely a religious trial that took place two thousand years ago, but that it also holds profoundly relevant lessons for us today.
When Jesus was arrested, soldiers, the commander, and the Jewish officers bound Him and brought Him straight to Annas. Even the act of taking Jesus directly to Annas exposes several significant issues. In the Synoptic Gospels (Matthew, Mark, Luke), the focus is mostly on Jesus being interrogated before Caiaphas. Yet John’s Gospel adds the detail that Jesus was first taken to Annas, highlighting that the trial procedure was profoundly unlawful and that an immense web of religious power was behind it. Although the high priesthood was originally a lifelong position, Rome at that time ruled over Judea, and corruption—fuelled by financial and political alliances—led to frequent changes in the high priesthood. At the center of that corruption was Annas. He served as high priest from AD 6 to 15 (for about nine years) and maintained his formidable influence afterward by successively installing his five sons in the high priestly office. Even when his son-in-law Caiaphas served as the official high priest, Annas remained the actual power broker behind the scenes. John 18:13 explicitly points out, “Annas was the father-in-law of Caiaphas, who was high priest that year,” which aligns with this historical reality.
Pastor David Jang underscores that while Caiaphas was the visible high priest, Annas was the real figure pulling the strings from behind. By having Jesus brought to his house first, Annas was able to question Him in an informal and covert manner—rather than in the proper setting of an official Sanhedrin trial. This reveals the corruption of the high priestly family, which, though supposed to be faithful to the Law, in fact was destroying it as they conspired in the shadows of night. According to Jewish law, the Sanhedrin could not meet at night, and trials were required to take place in the temple courts. Moreover, the Jews were known to observe the Law meticulously; the very fact that they attempted to interrogate Jesus immediately during the night after His arrest demonstrates their blatant violation of the Law.
The fundamental issue lay not only in the trial’s nighttime timing, but also in the fact that the charges they aimed to pin on Jesus were unfounded from the start. Throughout His public ministry, the chief priests and religious leaders repeatedly tried to ensnare Jesus or accuse Him of blasphemy. For them, calling the temple “My Father’s house” (John 2:16), saying “Destroy this temple, and in three days I will raise it up” (John 2:19), and describing Himself as “the Son of God” all served as pretexts for seeking the death penalty. Yet in reality, Jesus always taught publicly, never secretly organizing or spreading false doctrines. Thus, in John 18:20, Jesus Himself states, “I have spoken openly to the world. I always taught in synagogues and in the temple, where all Jews gather, and I said nothing in secret.”
Despite this, Annas still called Jesus in privately, asking Him, “About Your disciples and Your teaching—what is it?” (John 18:19). This was a question posed under a predetermined conclusion, aimed at extracting evidence of “blasphemy.” According to the Gospels, Jewish trials required the testimony of at least two witnesses who agreed, and false or coerced testimony was inadmissible. Annas, not being the current high priest, had no legal authority to interrogate Jesus, and the setting was not the temple court. Thus, it was clearly an outright disregard for both civil and religious law that Jesus was taken, bound, and brought before Annas at night before any formal Sanhedrin meeting was convened.
It is at this juncture that Pastor David Jang points out, “Annas represents the true essence of corrupt religious power, and his inner sinfulness was fundamentally responsible for turning the temple into a den of merchants.” Under Annas’s extended family’s control, the temple had morphed into a system that profited from selling sacrificial animals. Even if worshipers brought faultless offerings purchased outside, the temple inspectors would often reject them, forcing worshipers to buy the temple’s overpriced sacrificial animals instead, imposing an unjust burden on the poor and delivering immense profits to the high priestly clan. To overturn such corruption, Jesus cleansed the temple; from the perspective of those religious authorities, Jesus was inevitably seen as a threat to their privileged position. Consequently, their conspiracy to eliminate Him intensified, culminating in the nighttime arrest and interrogation.
Moreover, Caiaphas’s remark, “It is expedient that one man should die for the people” (John 11:50), demonstrates that a collective plot was already in place to sacrifice Jesus for their political and religious aims. Annas was the actual power behind this scheme, wielding all real authority from behind the scenes. That is why the fact that Jesus was taken first to Annas reveals how deeply rooted the clandestine corruption was well before the crucifixion tragedy played out—and how strong the alliance of evil was as Jesus walked the path of suffering alone.
The passage continues, describing how Simon Peter and another disciple, who was acquainted with the high priest, followed Jesus. This acquaintance helped Peter gain access to the high priest’s courtyard (John 18:15–16). The text does not identify this “disciple who knew the high priest” by name. Traditionally, some posit that this may have been John himself, or some other disciple with connections, while others have speculated it might even have been Judas. In any case, the key point is that although Jewish law required the testimony of at least two witnesses, a disciple who could testify in Jesus’ defense was absent at the crucial moment—Peter, in his fear, denied even knowing Jesus (John 18:17).
Commenting on this, Pastor David Jang notes that while Peter deserves credit for being brave enough to follow Jesus right up to the high priest’s courtyard, his subsequent denial of the Lord meant he utterly failed to serve as a witness. Caiaphas (or Annas) was already looking to the words of “Judas” as an insider to lay charges against Jesus. In a fair trial, Judas’s testimony alone would not suffice—witnesses for the defense were also needed. It is in this context that Jesus says, “Ask those who have heard Me, they know what I said” (John 18:21), underscoring the importance of witnesses. Yet shortly after, Peter denies Jesus three times, and the other disciples scatter. In a situation rife with damaging testimony against Jesus, there was no avenue left to validate the truth of His teaching.
John 18:22 describes a violent scene: “When He had said this, one of the officers standing by struck Jesus with his hand, saying, ‘Is that how You answer the high priest?’” This occurs when Jesus raises the matter of lawful proceedings in the face of Annas’s illegal interrogation, and a servant strikes and mocks Him. Instead of defending truth or upholding the Law, the religious leader and his underling resort to violence. Pastor David Jang characterizes this as “where truth is absent, violence runs rampant.” In a situation pervaded by lies, conspiracy, and corruption, Jesus quietly endures the humiliation of this “illegal trial,” and soon He is taken before Caiaphas and Pilate, ultimately leading to the crucifixion. Yet the Gospels reveal that through these events, God’s redemptive plan was being accomplished.
The lesson of Jesus being taken to Annas first underscores two points. One is the terrible danger of religious corruption that transforms the temple from “the house of God” into a place for “money and power.” The other is that, even amid that egregious corruption, Jesus remained unwavering and pressed forward along the path of the cross. Furthermore, it shows that this incident was not merely about the salvation of individuals but also about the renewal and restoration of the community, opening the way to a new era in which the Lord’s body becomes the true temple. Pastor David Jang’s interpretation of this passage consistently exhorts Christians to have the boldness to proclaim the truth before any systemic injustice or corruption. At the same time, he warns believers to remain ever vigilant lest the church itself “walk in the path of Annas” through a lack of self-examination, succumbing to the temptations of power and greed.
At the heart of the matter is the motif of the “old temple” collapsing and the “new temple” being established through Jesus. When Jesus said, “Destroy this temple, and in three days I will raise it up” (John 2:19), it was not merely a challenge to the authority of the Jewish leaders. Because the existing temple system was so corrupted by sin and greed, Jesus Himself became the “new temple” by giving His body on the cross for the atonement of sins, and through His resurrection He opened the way to true worship and salvation. That message undergirds the Gospel of John, explaining the fundamental reason for His collision with the Jewish leaders who wanted to have Him crucified. Annas, with his clan’s vested interests, wanted to preserve the temple. He refused to acknowledge the vision of God’s Kingdom and the new temple Jesus declared. John 18:12–22 directly illustrates that contradiction and reveals that Jesus’s eventual crucifixion was part of God’s sovereign plan of redemption.
Thus, the story of Jesus being “taken first to Annas” reveals the depravity of a thoroughly corrupt religious authority, the unwavering demeanor of Jesus, the disciples’ faltering in fear, and, overarching all these, the working out of God’s redemptive plan. Pastor David Jang frequently returns to the spiritual significance of this text, urging today’s church community to earnestly confront any internal corruption and abuse of power. Particularly poignant is Jesus’s calm insistence on lawful proceedings, exposing the illegality of the religious leaders. He invites us to stand firm for truth without yielding to the power structures of the world. And though believers, like Peter, may fall and deny Him in moments of fear, they can ultimately be restored by the Lord’s love and grace.
In the end, this episode marks the beginning of the sequence of illicit trials that Jesus would face under Annas, Caiaphas, and Pilate, culminating in His condemnation and crucifixion. His being first taken to Annas reveals how Jesus, from the outset of this tragic but redemptive journey, systematically exposed the corrupt nature of the religious authorities. At the same time, it signified a renewed awareness of the true meaning of the temple and worship. Pastor David Jang teaches that “No earthly power can suppress the truth, and truth ultimately shines forth even under oppression and violence.” The unlawful interrogation and deceitful schemes orchestrated by Annas only served to highlight all the more that Jesus is indeed the Son of God. And the ultimate conclusion is the proclamation that “The Kingdom of God has come, and Jesus is the victor.”
Hence, this first point—“the religious and historical background of why Jesus was taken to Annas first, and the deeper meaning of the text”—goes beyond a mere recital of contextual facts. Rather, it confronts the evil power and corruption at work in the passage, showing how Jesus dealt with it and prompting the church and believers today to examine which path we are on. Pastor David Jang’s primary message is that “the suffering Jesus endured so thoroughly was the means of proclaiming the Kingdom of God and overturning the fallen temple; ultimately, through the cross and resurrection, our salvation was accomplished.” And this salvation is not confined to an event from two thousand years ago but must be re-embodied among us now. We must constantly test ourselves and our churches to ensure we are not “walking in the path of Annas,” but instead following “the way of Jesus,” casting off corruption and falsehood and practicing truth, justice, and love.
2. The Suffering of Jesus and the Cross
The illegal interrogation that began in front of Annas eventually moved on to Caiaphas, then Pilate’s court, culminating in Jesus receiving the sentence of crucifixion. Nevertheless, the Gospels insist that His suffering was not merely the result of political or religious conspiracy. Rather, it functioned as the decisive means of fulfilling “God’s plan of redemption.” This narrative of suffering challenges us—living in the age of the church—to reconsider the meaning of worship and the temple, our attitudes toward authority and truth, and what it really means to live as disciples. Pastor David Jang emphasizes that this lesson, arising from John 18:12–22 and the subsequent “way of the cross,” cannot be separated from one another. That is to say, from the moment Jesus appeared in Annas’s courtyard, He manifested His identity as the suffering Messiah, and the Gospels collectively show how that suffering leads to the glory of resurrection.
First, Jesus’s suffering holds profound meaning as the fulfillment of Old Testament prophecy and the holy means by which God atoned for humanity’s sin. Even as human wickedness and folly rose to an extreme—Annas’s unlawful trial, Caiaphas’s intrigue, Pilate’s vacillation—God’s purpose was never thwarted. Although Jesus responded boldly—“I said to you, ask those who have heard Me, they know what I said” (John 18:21)—what followed was humiliation and violence. This evokes the prophecy in Isaiah (chap. 53) depicting the Messiah as both King and Suffering Servant. Jesus did not vanquish evil by force; He took on the form of a servant, silently enduring the corrupt religious leaders and worldly powers. And that path became the sacrifice through which humanity’s sin could be redeemed.
Second, His suffering highlights that it is Jesus Himself—not the temple system—who is the “true temple,” a motif emphasized throughout the Gospel of John. Pastor David Jang teaches that “the old temple system that Annas controlled—a sacrificial system reliant on animal offerings—was completely renewed through the cross of Jesus.” Indeed, when Jesus died, the temple veil was torn from top to bottom (Matt. 27:51), symbolizing the end of the Old Testament sacrificial order and the opening of direct, genuine worship through Christ. Thus, “Annas’s temple” ultimately fell, and the era of grace in which Jesus Himself is the living temple was fully inaugurated. But if today’s church prioritizes its own traditions and authority over the genuine presence of Christ—just as those religious leaders did—there is a real danger of repeating Annas’s mistake.
Third, the incident with Peter’s denial reveals the disciples’ frailty, serving as a mirror for believers today. No matter how fervent one’s resolve, it is difficult to bear witness for Jesus under extreme fear and danger in our own strength. Peter deeply loved Jesus, enjoyed the honor of being the leading disciple, and even drew his sword to cut off Malchus’s ear in Gethsemane. Yet in the courtyard of Annas, when confronted with a question—“You are not one of this man’s disciples, are you?”—he denied Jesus (John 18:17). Pastor David Jang notes that reflecting on Peter’s inner turmoil allows us to see both his love for the Lord and his profound fear. Ultimately, Peter weeps bitterly for his sin, and the risen Jesus restores him by the Sea of Tiberias (John 21). This demonstrates that, while a disciple can fail and fall, the Lord graciously rescues and recommissions those who sincerely repent. Similarly, any believer may at times act or speak in ways that effectively deny Jesus. But the Lord who receives back and restores the repentant sinner offers us unfailing hope.
Fourth, this passage probes how the church should understand its relationship to worldly power and handle authority within its own community. Corrupt and depraved, Annas and his clan exemplify those who use God’s name for selfish gains. They defiled the temple with false religious zeal and enormous wealth. Jesus was uncompromising, cleansing the temple and denouncing their sin (John 2). In living among secular society, the church may sometimes clash or cooperate with worldly authorities—political, economic, or cultural. But if the church itself becomes corrupt, acting like Annas’s family and “maintaining a pious facade while actually seeking profit and power,” it risks figuratively “crucifying Jesus once again.” In numerous sermons, Pastor David Jang has stressed the importance of the church’s purity, transparency, and servant leadership, reminding believers that they are “a royal priesthood” (1 Pet. 2:9) who must not obscure the gospel through ecclesiastical authoritarianism or worldly ambition.
Fifth, Jesus’s suffering ultimately leads to victory. Annas’s scheming, Caiaphas’s court, and Pilate’s questioning drove Jesus to His crucifixion, completing His redemptive mission through His death. In John 19:30, Jesus proclaims, “It is finished,” indicating that at that very moment, Satan and the power of sin were defeated. Through the resurrection, Jesus displayed His life-giving power and, by sending the Holy Spirit to His disciples, inaugurated the age of the church (John 20). Thus, even though political and religious authorities colluded to kill Jesus, true truth was not vanquished; it advanced to the glory of the resurrection. Therefore, in contemplating this passage, we must move beyond merely surveying the passion narrative to recognize that Jesus’s suffering was a redemptive sacrifice for us, ultimately bringing forth the treasure of resurrection.
Accordingly, the image of Jesus “being taken first to Annas” compels the church today to view “corrupt religious power” through a critical lens and to reexamine what genuine worship and true faith entail. Likewise, Peter’s denial and the disciples’ flight highlight our own human weakness. Yet just as the risen Lord welcomed back and recommissioned His disciples, even those who fail can be raised up again. Every time Pastor David Jang references this story, he stresses that “the community of Jesus’s disciples can only be restored and re-equipped by the grace of the Lord, and the church belongs to Jesus Christ, not man.” Because He alone is our foundation and our rock, no human failure, corruption, or evil, however pervasive, can ultimately destabilize the path of truth.
Furthermore, this passage indicates that a resolute, at times confrontational reform may be necessary for the sake of a holy purpose. Through the temple cleansing (John 2:13–22), Jesus showed how He decisively acted when the temple had lost its original function, becoming a den of merchants. The religious authorities hated Him and persecuted Him for it, but He never wavered. Likewise, when the church invokes the term “reform,” it should recall Jesus’s zeal. If corrupt leaders, like Annas, fill the church with false practices, it must be cleansed and renewed. Such reform is accomplished through the power of the gospel and the guidance of the Holy Spirit, not through mere human methods. Though the process may seem arduous and lonely, it ultimately leads to God’s victory.
Pastor David Jang thus preaches that, to fulfill its mission of shining the light of the gospel to the world, the church first needs an “internal reformation.” If the church is already compromised by avarice and the thirst for authority among its leaders, the gospel of the cross is easily distorted. Consequently, society will point fingers at the church, and evangelistic opportunities will be lost. Contemplating Jesus being taken to Annas helps us realize how deadly internal church corruption can be. Just as the Lord Himself was handed over to the temple’s power brokers, so too can unchecked greed cripple the church from within and severely damage its witness to the world.
What, then, is the way out of such a crisis?
We must hold up Jesus’s life and teaching as our primary standard. Jesus refused to compromise with high priests or any other authority figures, and He focused solely on doing the will of the Father (John 4:34). If the church today has drifted from the spirit of Scripture by becoming entrenched in tradition or the dictates of human leaders, we must return courageously to the biblical path.
We should earnestly seek the work of the Holy Spirit, coupled with a communal repentance. Peter and the disciples, after encountering the risen Jesus, were transformed at Pentecost by the power of the Holy Spirit (Acts 2). This shows that “the fullness of the Spirit” is the vital force by which the church is revitalized. As the church becomes sensitive to the Spirit’s movement and turns from its sins, it can once again become a vibrant community of life.
We must put Christlike love and care into practice, grounded in biblical truth, rather than engaging in mutual condemnation or harm. Before going to the cross, Jesus washed the disciples’ feet (John 13) and gave them a new commandment of love, establishing love as the essence of the church’s identity. This is the antithesis of Annas’s oppressive style of leadership. Jesus modeled servant leadership by lowering Himself. Hence, any attempt within the church to hold power and dominate others is in direct conflict with the example of Jesus.
Finally, the church must ensure transparency and accountability in areas such as finances and governance structures. In the ancient temple, Annas and his family exploited the practice of buying and selling sacrificial animals as a source of illicit gain. Likewise, if the modern church fails to manage its finances transparently, it creates an environment ripe for those seeking personal advantage, leading to internal corruption.
By pursuing such spiritual and systemic reforms, the church can be drawn back to authentic worship. In the same way Jesus declared, “I have said nothing in secret” (John 18:20), the church should also act with integrity and live in the light. Then, when confronted by society’s criticism or skepticism, the church can more boldly proclaim the gospel, just as the disciples overcame their fears after Pentecost and preached courageously, expanding God’s Kingdom.
The story told in John 18:12–22 is not about blaming the Jewish religion of the first century. Rather, it exposes a universal pattern of sin repeated across the ages. “Leaders of Annas’s type” have appeared repeatedly in church history, and they exist even today in churches or other religious bodies worldwide. Therefore, every time we read this text, we must ask ourselves, “Am I complicit in any corrupt system? Am I standing firmly on the truth of Jesus?” Pastor David Jang has long exhorted the church to ceaselessly confirm its identity before the Word, never forgetting that fidelity to the way of Jesus is the most important standard—beyond outward success or numerical growth.
On a personal level, we grasp our own weakness through Peter’s denial. No matter how passionately we serve the Lord, we might deny Jesus if we face severe threats or disadvantages. We cannot walk the path of true discipleship by our own strength and determination alone. We need the Holy Spirit’s help and the restorative grace of the risen Lord. In this sense, Peter represents our own self. Yet, just as Jesus forgave and reinstated Peter at the Sea of Tiberias (John 21:15–17), so too any believer who sincerely repents can receive a new calling. Rather than merely condemning us for our denial, the Lord offers fresh opportunities.
In conclusion, the phrase “Then they took Him first to Annas” (John 18:13) marks both the beginning of Jesus’s passion narrative and the pivotal contrast between the evil of entrenched religious power and Jesus’s true authority. Pastor David Jang, reflecting on this text, argues that the church and believers—following the example of Jesus—must not remain silent in the face of systemic corruption but instead proclaim the truth. When corruption is uncovered, we must act with the same resolve Jesus showed when cleansing the temple. Furthermore, Jesus’s obedient suffering ultimately identifies Him as “the Lamb of God who takes away the sins of the world” (John 1:29), and that path of obedience led to the victory of the resurrection—a key proclamation of the gospel.
Contemplating these scenes of Jesus being tried unjustly gives us a fresh perspective on the entire crucifixion narrative. The cross is not just a cruel instrument of execution; it is the supreme manifestation of God’s absolute love, who hates sin but loves sinners to the very end. And that love could not be blocked by any human authority. As Pastor David Jang repeatedly stresses, if there had been no cross, the Christian message of salvation would remain incomplete, and without the resurrection, Jesus’s death would have ended in tragedy. But the cross and resurrection together form the core of God’s redemptive work, through which all humanity can receive new life and eternal hope.
Today’s church and believers bear a grave responsibility: to guard the message of the cross and proclaim it, while rejecting any resemblance to the corrupt spiritual leadership personified by Annas. Meditating on how Jesus stood firm, insisting on truth despite unjust suffering, should embolden us to forsake compromise with the world or self-justification, instead living out the gospel in the power of the Spirit. And even if some have failed or succumbed to fear and denied the Lord, they can still find restoration, just as Peter did—this is the power of the gospel.
John 18:12–22 thus provides a deep well of reflection: the exposure of corrupt religious authority, Jesus’s courageous endurance on the path to the cross, the disciples’ weakness and their subsequent restoration, and God’s redemptive plan of replacing the “old temple” with the “new temple.” Believers reading this passage come away reaffirming that the church must have Jesus alone as its Head, and no human authority can stand above the truth. Moreover, while failures and shame may arise in the life of faith, we can stand again in the love of the risen Lord and the presence of the Holy Spirit. Pastor David Jang explains that, though the way Jesus walked was marked by suffering, it was simultaneously the way of resurrection, completing our salvation. By dwelling in Christ, the true temple, the church can overcome every worldly or religious corruption and experience spiritual victory. This is precisely why the line “They led Him first to Annas” continues to speak so powerfully to us today. We who join Him on that road must always remember the Lord’s suffering and resurrection, shining the light of the gospel in our present age.
1. Les raisons pour lesquelles Jésus fut d’abord conduit chez Anne
Le passage de Jean 18.12-22, où Jésus est arrêté puis « conduit d’abord chez Anne », constitue une scène très importante dans l’ensemble des Évangiles. Un examen attentif de ce texte permet de saisir de manière globale la nature du pouvoir religieux juif, le contexte politique et social de l’époque, l’aspect illégal et injuste des interrogatoires subis par Jésus, la peur et l’échec des disciples, et enfin la mission rédemptrice de Jésus-Christ qui s’y révèle en filigrane. En particulier, la perspective mise en avant à maintes reprises par le pasteur David Jang – à savoir « la corruption du pouvoir religieux et la continuité de l’histoire du salut au sein même de cette corruption » – rappelle que cet événement n’est pas simplement un procès religieux qui aurait eu lieu il y a 2 000 ans, mais qu’il recèle encore pour nous aujourd’hui une leçon particulièrement profonde.
Après l’arrestation de Jésus, la troupe, le tribun et les gardes des Juifs l’attachent et l’emmènent aussitôt chez Anne. Déjà, ce simple fait soulève divers problèmes lourds de sens. Dans les Évangiles synoptiques (Matthieu, Marc, Luc), l’accent est surtout mis sur l’interrogatoire de Jésus devant le grand prêtre Caïphe. Mais l’Évangile de Jean ajoute que Jésus fut d’abord conduit chez Anne, soulignant ainsi l’illégalité du procès et l’ampleur du pouvoir religieux caché dans les coulisses. À l’origine, la fonction de grand prêtre était à vie, mais à cette époque, la Judée était sous domination romaine, et les intrigues d’argent et de politique conduisaient à des remplacements fréquents. Au centre de ce système corrompu se trouvait Anne. Ayant exercé la fonction de grand prêtre de l’an 6 à l’an 15, il transmit ensuite successivement cette charge à ses cinq fils et conserva ainsi son immense influence. De plus, même lorsque Caïphe, son gendre, occupait officiellement la fonction de grand prêtre, Anne continuait à régner en sous-main. L’Évangile de Jean 18.13 en témoigne : « Anne était le beau-père de Caïphe, qui était grand prêtre cette année-là. »
Le pasteur David Jang souligne souvent à ce sujet que, même si Caïphe apparaît comme le grand prêtre visible, c’est bien Anne et son puissant « cartel religieux » qui manœuvrent en arrière-plan lors de l’arrestation et de l’interrogatoire de Jésus. En amenant Jésus dans sa propre demeure, Anne s’efforce de procéder à un interrogatoire secret et personnel, au lieu de respecter la procédure légale ou de le juger ouvertement devant le Sanhédrin. Ainsi, la famille sacerdotale censée observer scrupuleusement la Loi, la viole au contraire en montant un complot au milieu de la nuit. Selon la Loi juive, le Sanhédrin ne pouvait pas se réunir la nuit et devait siéger dans l’enceinte du Temple. Qui plus est, les Juifs, réputés pour observer rigoureusement la Loi, n’auraient jamais dû interroger Jésus au beau milieu de la nuit, aussitôt après son arrestation. C’était là une violation évidente de leurs propres règles.
Le problème n’est donc pas seulement une question d’irrégularité procédurale liée au fait de tenir un procès la nuit, mais aussi que les chefs religieux avaient d’emblée l’intention de condamner Jésus pour un crime fabriqué de toutes pièces. Durant le ministère public de Jésus, les grands prêtres et les responsables religieux ont essayé à maintes reprises de lui tendre des pièges ou de l’accuser de blasphème. Ils ont utilisé comme prétexte ce qu’il avait dit du Temple, appelé « la maison de mon Père » (Jn 2.16) ou encore « Détruisez ce Temple, et en trois jours je le relèverai » (Jn 2.19), de même que le fait qu’il se disait « Fils de Dieu ». Pour eux, c’était un motif suffisant pour infliger à Jésus la peine de la croix. Or, Jésus avait toujours enseigné publiquement, il n’avait jamais diffusé d’organisation secrète ni de fausse doctrine. C’est précisément ce que souligne Jean 18.20, où Jésus dit : « J’ai parlé ouvertement au monde ; j’ai toujours enseigné dans la synagogue et dans le Temple où tous les Juifs s’assemblent, et je n’ai rien dit en secret. »
Malgré cela, Anne interroge Jésus en secret, en lui demandant : « Au sujet de tes disciples et de ton enseignement, qu’en est-il ? » (cf. Jn 18.19). Cette question, déjà biaisée, visait à trouver un « élément de blasphème » pour l’accuser. D’après les Évangiles, tout procès public en Israël exigeait au moins deux témoins qui concordent, et tout faux témoignage ou témoignage extorqué par la force devait être déclaré invalide. En outre, Anne, qui n’était plus le grand prêtre en fonction, n’avait en principe aucun droit de questionner Jésus. Le lieu de cet interrogatoire n’était pas non plus la cour du Temple, et le Sanhédrin n’était pas réuni officiellement. Que Jésus, attaché, fût traîné de nuit devant Anne, montre de manière flagrante que la Loi et la Torah étaient bafouées.
À ce stade, le pasteur David Jang fait remarquer : « Anne incarne la réalité d’un pouvoir religieux corrompu, et c’est la racine pécheresse cachée en lui qui avait transformé le Temple en un repaire de marchands. » Sous la coupe de la famille d’Anne, le Temple était devenu un « système de vente de sacrifices » pour réaliser des bénéfices. Même lorsque les fidèles apportaient de l’extérieur des animaux sans défaut, on leur donnait une évaluation négative, et on les obligeait à acquérir à prix fort les sacrifices vendus dans l’enceinte du Temple. Ce système profitait énormément à la famille du grand prêtre, mais constituait une lourde charge pour les plus pauvres. En purifiant le Temple, Jésus voulait renverser cette corruption. Inévitablement, pour les détenteurs de ce pouvoir religieux, Jésus, qui remettait en question leur pouvoir et leurs privilèges, était perçu comme une menace. C’est pourquoi un complot visant à le faire périr s’est mis en place sur la durée, trouvant son point culminant dans l’arrestation et l’interrogatoire nocturne.
En outre, la remarque de Caïphe : « Il est de votre intérêt qu’un seul homme meure pour le peuple » (Jn 11.50) révèle que, bien avant ces événements, les chefs juifs avaient décidé d’instrumentaliser la mort de Jésus pour servir leurs intérêts politiques et religieux. Anne, qui exerçait en coulisses la véritable autorité, tirait les ficelles de ce complot. Le fait que Jésus soit d’abord conduit chez Anne souligne donc la profondeur de la corruption religieuse et la collusion du mal bien avant le drame de la croix. De même, lorsqu’il chemine vers sa Passion, Jésus s’avance seul dans ce terrain miné par l’alliance du mal, ainsi dévoilée au grand jour.
Le texte précise ensuite que Simon Pierre et un autre disciple, qui était connu du grand prêtre, suivent Jésus. Cet autre disciple fait entrer Pierre dans la cour du grand prêtre (Jn 18.15-16). On ne sait pas clairement qui est ce « disciple connu du grand prêtre ». Traditionnellement, on suppose qu’il pourrait s’agir de Jean lui-même ou d’un autre disciple proche de ce milieu. Certains avancent même la possibilité qu’il s’agisse de Judas. Peu importe : le fait est qu’au moment où un disciple aurait pu apporter son témoignage en faveur de Jésus (car il faut au moins deux témoins concordants dans un procès selon la Loi), Pierre, paralysé par la peur, s’écrie : « Je ne le connais pas » (Jn 18.17).
Le pasteur David Jang met l’accent sur le fait que, si Pierre a fait preuve de courage en suivant Jésus jusque dans la cour du grand prêtre, il échoue malgré tout au moment critique en le reniant. Ainsi, il ne sert pas de témoin en sa faveur. Du côté des accusateurs, Judas, un disciple « de l’intérieur », était prêt à construire un dossier contre Jésus. S’il y avait eu un véritable procès équitable, le seul témoignage de Judas n’aurait pas suffi ; il aurait fallu un témoin pour défendre Jésus. C’est dans ce contexte que Jésus dit : « Demande à ceux qui m’ont entendu ; voici, ils savent ce que j’ai dit » (Jn 18.21). Mais Pierre le renie par trois fois, et les autres disciples se dispersent. Par conséquent, alors que se multiplient les témoignages accablants, la vérité de l’enseignement du Seigneur ne trouve aucun appui pour être pleinement mise en lumière.
Selon Jean 18.22, « à ces mots, l’un des gardes qui se tenait là donna un soufflet à Jésus, en disant : “Est-ce ainsi que tu réponds au grand prêtre ?” ». Jésus venait de rappeler la légalité de la procédure, face à l’interrogatoire illicite d’Anne. La réaction de ce garde fut la violence et l’insulte. Les représentants religieux et leurs serviteurs, censés défendre la Loi et la vérité, réagissent ainsi par la brutalité. Dans son commentaire, le pasteur David Jang note : « Là où la vérité est absente, la violence fait rage. » Tout n’est que mensonge, complot et corruption. Toutefois, Jésus endure en silence l’humiliation de ce “procès illégal”. Bientôt, il sera traîné devant Caïphe, puis livré à Pilate pour finalement être condamné à la croix. Or c’est précisément par ces étapes que s’accomplit l’histoire du salut selon le dessein de Dieu.
Le fait que Jésus ait été d’abord conduit chez Anne nous avertit, d’une part, de la gravité que peut prendre la dérive religieuse lorsqu’un lieu saint, le Temple, se transforme en « marché du pouvoir et de l’argent ». Il nous rappelle, d’autre part, que Jésus, au cœur même de cette structure corrompue, n’a jamais vacillé et a persévéré jusqu’à la croix. Au-delà de l’histoire personnelle de notre salut, cette scène met en avant la nécessité pour la communauté croyante de se renouveler et de se réformer, et d’accomplir ce que signifie véritablement être « le Temple de Dieu » (le corps du Seigneur) dans l’ère nouvelle. Le pasteur David Jang souligne souvent dans ses prédications qu’il nous faut « annoncer la vérité sans crainte devant toute injustice et toute corruption institutionnelle, à l’exemple du Christ », et que nous devons également nous garder de suivre « la voie d’Anne », c’est-à-dire, rester vigilants pour ne pas nous laisser contaminer par la convoitise et l’exercice abusif du pouvoir.
C’est précisément dans tout ce contexte qu’apparaît la grande opposition entre le « vieux Temple » qui doit s’écrouler et le « nouveau Temple » qui doit s’élever en Jésus. Quand Jésus déclare : « Détruisez ce Temple, et en trois jours je le relèverai » (Jn 2.19), il ne s’agit pas d’une simple provocation à l’encontre de l’autorité religieuse de l’époque. Puisque le Temple originel était devenu un repaire de péché et d’avidité, Jésus, en s’offrant lui-même à la croix, devient le « nouveau Temple » : il expie le péché, et, par sa résurrection, il ouvre la voie à une authentique adoration et au salut. Ce message traverse l’Évangile de Jean : en face de la volonté des chefs juifs de faire crucifier Jésus, il y a ce plan divin d’inaugurer un temple et un culte nouveaux. Anne cherchait à préserver son intérêt et celui de sa famille, maintenant coûte que coûte l’ancienne structure du Temple ; mais Jésus annonçait l’avènement du Royaume de Dieu et du nouveau Temple. Jean 18.12-22 montre de manière directe cet antagonisme et indique que la voie de la croix, décrétée par Dieu, est déjà tracée.
Ainsi, le fait que Jésus soit « d’abord conduit chez Anne » dévoile à la fois la laideur extrême du pouvoir religieux corrompu, la fermeté inébranlable de la Vérité faite chair, la chute des disciples pétris de crainte, et, par-dessus tout, l’avancement du dessein salvateur de Dieu. Commentant ce passage, le pasteur David Jang invite l’Église aujourd’hui à un sérieux examen de conscience face aux risques de corruption et de dérive autoritaire en son sein. L’attitude de Jésus, qui subit jusqu’au bout une souffrance et un déshonneur atroces sans cesser de rappeler la légitimité de la Loi et de dénoncer en même temps l’illégalité des chefs religieux, nous appelle à résister sans concession aux puissances de ce monde et à demeurer fidèles à la vérité. De plus, si nous pouvons chuter comme Pierre, qui renie son Seigneur, nous pouvons aussi être relevés par la grâce et l’amour de Jésus.
En fin de compte, cette histoire est le point de départ du parcours qui mènera Jésus à travers les procès illégaux devant Anne, Caïphe, puis Pilate, jusqu’au verdict ultime de la crucifixion. Conduit d’abord chez Anne, Jésus révèle au grand jour la nature perverse du pouvoir religieux, tout en réaffirmant le sens authentique du Temple et du culte. Le pasteur David Jang insiste : « Aucun pouvoir de ce monde ne peut étouffer la vérité ; dans l’oppression et la violence la plus dure, la vérité brille finalement. » Les manigances mensongères d’Anne, l’interrogatoire illégal, tout cela ne fait que mieux mettre en évidence que Jésus est vraiment le Fils de Dieu. L’issue finale proclamera : « Le Royaume de Dieu est déjà là, et Jésus est le Vainqueur. »
Dès lors, ce premier sous-thème, « Les raisons pour lesquelles Jésus fut d’abord conduit chez Anne, dans son contexte religieux et historique, et la signification plus profonde du texte », ne se borne pas à énumérer des données factuelles. Il invite à regarder en face un pouvoir corrompu, à voir comment Jésus y a fait face, et à réfléchir sérieusement à la manière dont l’Église et les croyants doivent marcher aujourd’hui. Le message-clé que le pasteur David Jang met en lumière est : « La souffrance subie par Jésus fait partie intégrante de l’annonce du Royaume de Dieu, du renversement d’un Temple corrompu, et aboutit au salut complet à travers la croix et la résurrection. » Et ce salut n’est pas simplement un événement ancien. Il doit sans cesse se réaliser parmi nous aujourd’hui. Autrement dit, nous devons constamment vérifier si nous ne sommes pas en train de marcher sur les traces d’Anne et nous engager à la suite de Jésus pour rejeter la corruption et le mensonge, et pratiquer la vérité, la justice et l’amour.
2. La souffrance de Jésus et la croix
L’interrogatoire illégal qui s’amorce chez Anne se poursuit auprès de Caïphe, puis devant le tribunal de Pilate, pour aboutir à la condamnation de Jésus à la crucifixion. Cependant, les Évangiles précisent que cette Passion n’est pas seulement la conséquence d’un complot religieux et politique. Il s’agit au contraire de l’accomplissement du plan rédempteur de Dieu. Pour ceux qui forment l’Église, cette histoire de la souffrance du Christ nous interroge toujours sur le sens du culte et du Temple, sur l’attitude à adopter envers l’autorité et la vérité, et enfin sur ce que signifie vivre en véritable disciple. Le pasteur David Jang souligne qu’on ne peut séparer cette leçon de la « voie de la croix » qui se déploie après Jean 18.12-22. Autrement dit, dès la cour d’Anne, Jésus apparaît comme le Messie souffrant, et cette souffrance débouche sur la gloire de la résurrection, comme le montre l’ensemble de l’Évangile.
Premièrement, la souffrance de Jésus réalise les prophéties de l’Ancien Testament et constitue l’axe central de l’œuvre sainte de Dieu pour racheter l’humanité. Même face à l’illégalité du procès d’Anne, aux machinations de Caïphe et à l’hésitation de Pilate, la volonté de Dieu demeure inébranlable. Jésus répond avec assurance : « J’ai parlé ouvertement… interroge ceux qui m’ont entendu » (cf. Jn 18.20-21). Mais on lui répond par l’outrage et la violence. Cette situation rappelle l’annonce du prophète Ésaïe au sujet du « Serviteur souffrant » (Es 53), qui est en même temps Roi et en même temps serviteur. Jésus ne fait pas usage de la force pour abattre le mal. Il s’abaisse volontairement en prenant la condition de serviteur et, face aux chefs religieux corrompus et au pouvoir du monde, il souffre en silence. C’est justement cette voie de souffrance qui devient l’offrande sacrificielle pour le péché de l’humanité.
Deuxièmement, dans l’Évangile de Jean, la Passion de Jésus montre qu’il est « le véritable Temple », et non le système du Temple en lui-même. Le pasteur David Jang explique que « l’ancien système du Temple, contrôlé par Anne, basé sur le sacrifice d’animaux pour s’approcher de Dieu selon les rites de l’Ancien Testament, est entièrement réformé à la suite de la crucifixion de Jésus ». De fait, la mention, dans l’Évangile de Matthieu, du voile du Temple se déchirant de haut en bas (Mt 27.51) au moment de la mort de Jésus symbolise la fin du culte fondé sur l’Ancien Testament et l’ouverture d’une relation directe et authentique avec Dieu, rendue possible par Jésus seul. Ainsi, le « Temple d’Anne » est voué à sa ruine, tandis que s’ouvre l’ère de la grâce où Jésus lui-même se présente comme le vrai Temple. Mais de même que les autorités religieuses d’alors ont refusé de reconnaître en Jésus le véritable Temple, l’Église actuelle est toujours exposée au danger d’exalter ses propres traditions ou son autorité humaine, au détriment de la présence réelle du Christ.
Troisièmement, le triple reniement de Pierre met en lumière la faiblesse des disciples, et par conséquent la nôtre. Malgré toute notre volonté de fidélité, il est extrêmement difficile, lorsque la peur ou la menace de mort nous assaille, de confesser ouvertement Jésus. Pierre aimait sincèrement le Seigneur. Il était considéré comme le premier des apôtres. Dans le jardin de Gethsémané, il avait même dégainé son épée pour couper l’oreille de Malchus. Pourtant, une simple interpellation dans la cour d’Anne – « Toi aussi, n’es-tu pas un des disciples de cet homme ? » – suffit pour le faire renier son Maître (cf. Jn 18.17). Le pasteur David Jang souligne combien ce reniement de Pierre révèle la tension interne de ce disciple qui aimait véritablement le Seigneur, mais qui s’est laissé gagner par la peur humaine. Cependant, Pierre, après avoir pleuré amèrement son péché, est relevé par le Christ ressuscité sur les bords du lac de Tibériade (Jn 21). Cela signifie que, malgré nos chutes et nos trahisons, si nous nous repentons et nous retournons vers Lui, il nous relève et nous envoie de nouveau en mission. Nous aussi, il nous arrive parfois de « renier Jésus » par nos paroles ou nos actes dans notre vie spirituelle. Mais dès lors que nous nous repentons sincèrement, le Seigneur nous accueille et nous confie à nouveau sa mission.
Quatrièmement, ce texte interroge l’Église sur sa relation au pouvoir séculier et sur la manière dont elle exerce l’autorité en son sein. Anne et sa famille sont l’exemple même de ceux qui utilisent le nom de Dieu pour servir leurs intérêts. Ils corrompent le Temple par leur soif de profit. Jésus, pour sa part, ne fait aucun compromis avec eux ; il purifie le Temple et confronte leurs péchés avec la vérité (Jn 2). Quand l’Église doit tantôt collaborer, tantôt s’opposer aux autorités de ce monde (politiques, économiques, culturelles), elle doit surtout se garder de devenir elle-même corrompue comme la famille d’Anne, portant « une apparence de sainteté » mais aveuglée par la soif de richesse et de pouvoir. Dans plusieurs de ses prédications, le pasteur David Jang rappelle que « l’Église doit demeurer pure et transparente, et ses dirigeants doivent être des serviteurs. Nous sommes tous “un sacerdoce royal” (1 P 2.9) et devons nous garder d’asphyxier l’Évangile par l’orgueil clérical et les désirs mondains. »
Cinquièmement, la souffrance de Jésus devient finalement la « porte de la victoire ». Malgré la conspiration d’Anne, le procès de Caïphe et l’interrogatoire de Pilate, Jésus, en mourant sur la croix, accomplit pleinement l’œuvre du salut. Au moment où Jésus s’écrie, dans Jean 19.30 : « Tout est accompli », le pouvoir de Satan et du péché est vaincu. Par la résurrection, Jésus montre la puissance de la vie, et en envoyant le Saint-Esprit à ses disciples, il ouvre l’ère de l’Église (Jn 20). Même si le pouvoir politique et religieux s’est allié pour le faire mourir, la vérité n’a pas été brisée, et la gloire de la résurrection a triomphé. Par conséquent, il ne faut pas s’arrêter à l’aspect dramatique de la Passion, mais comprendre que cette Passion est un sacrifice expiatoire pour nous, lequel débouche sur la bonne nouvelle de la résurrection.
En somme, le fait que Jésus soit « d’abord conduit chez Anne » doit nous inviter, nous, l’Église d’aujourd’hui, à critiquer tout « pouvoir religieux corrompu » et à réfléchir sur la vraie nature du culte et de la foi. Cette page d’Évangile, racontant le reniement de Pierre et la fuite des autres disciples, met à nu notre faiblesse et nous enseigne que, malgré cela, le Seigneur ressuscité appelle et relève encore ses disciples. Le pasteur David Jang ne cesse de le rappeler : « L’Église des disciples de Jésus est entièrement restaurée et fortifiée par la grâce du Seigneur, dont Il est l’unique propriétaire. Quel que soit l’orgueil ou la corruption momentanée, la vérité demeure inébranlable. »
De plus, cette scène montre que parfois, pour un dessein saint, il faut affronter le système religieux en place et opérer une réforme courageuse. En chassant les marchands du Temple (Jn 2.13-22), Jésus démontre sans ambiguïté que si le Temple ne sert plus son but originel et devient un lieu de commerce, il faut agir de manière décidée pour changer la situation. Cela lui a valu la haine et la persécution des chefs religieux, mais jamais il n’a reculé. Lorsque l’Église parle de « réforme », elle doit garder à l’esprit cette détermination de Jésus. Si un dirigeant corrompu comme Anne s’impose, assisté de valets et d’intrigants, l’Église doit se purifier, à l’exemple de la purification du Temple. Cette réforme ne peut se faire que par la puissance de l’Évangile et du Saint-Esprit. Les efforts humains, en eux-mêmes, ne peuvent enrayer la corruption. Mais lorsque la réforme est menée sous l’impulsion de la Parole et du Saint-Esprit, malgré les résistances, la victoire est assurée.
Dans cette perspective, le pasteur David Jang martèle que l’Église doit d’abord procéder à une « réforme intérieure » pour assumer son rôle de lumière dans le monde. Si l’Église est corrompue et que ses responsables sont asservis à l’avidité et à la soif de pouvoir, alors la Bonne Nouvelle de la croix de Jésus risque de se dénaturer. Le monde pointera du doigt cette corruption, et l’évangélisation sera bloquée. La scène où Jésus se retrouve ligoté devant Anne nous rappelle à quel point la corruption au sein de la communauté croyante peut avoir des conséquences graves. Jésus fut remis de ses propres mains aux chefs du Temple, qui se comportaient comme dans un repaire de prédateurs. De même, aujourd’hui, les désirs enfouis dans l’Église peuvent la détruire de l’intérieur et faire obstacle à son témoignage auprès du monde.
Quelle est donc la voie de sortie ?
Placer la vie et l’enseignement de Jésus au-dessus de tout. Jésus ne s’est jamais compromis avec tel ou tel grand prêtre ou autorité ; il se préoccupait uniquement d’accomplir la volonté du Père (Jn 4.34). Si aujourd’hui l’Église s’égare dans des traditions humaines ou une obéissance aveugle aux dirigeants, au détriment de l’esprit véritable de l’Écriture, elle doit faire demi-tour sans hésiter.
Rechercher l’action du Saint-Esprit et mener une repentance communautaire. Après la résurrection de Jésus, lorsque Pierre et les autres disciples reçurent le Saint-Esprit à la Pentecôte (Ac 2), ils furent complètement transformés. L’expérience montre que la clé de la vitalité de l’Église réside dans la « plénitude de l’Esprit ». Si l’Église met au premier plan la confession des péchés et l’écoute du Saint-Esprit, elle peut renaître en une communauté pleine de vie.
Pratiquer l’amour concret, fondé sur la vérité de la Parole, au lieu de se juger et de se blesser mutuellement. Avant de monter sur la croix, Jésus a lavé les pieds de ses disciples (Jn 13) et leur a donné le commandement nouveau de l’amour, montrant ainsi que l’identité véritable de l’Église est l’amour. Aux antipodes du style autoritaire d’Anne, Jésus adopte un leadership serviteur. Toute volonté de dominer autrui dans l’Église s’oppose frontalement à l’exemple de Jésus.
Veiller à la transparence et à la responsabilité dans l’organisation de l’Église, notamment en matière de finances et de structures de pouvoir. Les abus de la famille d’Anne, qui faisaient du Temple une manne financière, étaient institutionnalisés. Dans l’Église également, si les finances et la gestion ne sont pas tenues de manière transparente, il se trouve toujours des individus qui cherchent le profit et le pouvoir, conduisant à la corruption interne.
En mettant en œuvre de telles réformes, à la fois institutionnelles et spirituelles, l’Église peut retrouver le vrai sens du culte. Comme Jésus l’a dit : « Je n’ai rien dit en secret » (cf. Jn 18.20). L’Église doit aussi agir avec justice et transparence à la lumière. Alors, même face aux critiques et aux doutes du monde, elle pourra annoncer l’Évangile avec assurance. Comme les disciples qui ont fini par surmonter leur peur et prêcher avec courage après la Pentecôte, l’Église d’aujourd’hui sera un instrument pour étendre le Royaume de Dieu.
Le récit de Jean 18.12-22 ne se limite pas à dénoncer la corruption du judaïsme du Ier siècle. Il dévoile une forme de péché humain qui se répète à travers les âges : la corruption et la dérive du pouvoir religieux. Dans l’histoire de l’Église, et aujourd’hui encore, on voit réapparaître le même type de dirigeants qu’Anne. À la lecture de ce texte, nous devons constamment nous demander si nous ne cautionnons pas nous-mêmes un système corrompu et si nous restons fidèles à la vérité de Jésus. Le pasteur David Jang réaffirme inlassablement : « L’Église doit sans cesse renouveler son identité devant la Parole de Dieu, ne pas viser en priorité le succès apparent ou la croissance numérique, mais avant tout la fidélité à la voie de Jésus. »
Par ailleurs, le cas de Pierre nous rappelle notre fragilité personnelle. Même avec un grand zèle religieux, nous pouvons renier Jésus lorsque nous sommes menacés. C’est pourquoi l’assistance de l’Esprit, ainsi que la grâce du Christ ressuscité, nous sont indispensables pour être de vrais disciples. Pierre est notre miroir, et Jésus qui le pardonne et le rétablit sur la rive du lac de Tibériade (Jn 21.15-17) est notre espérance. Même si nous l’avons renié une, deux ou trois fois, si nous revenons à lui avec un repentir sincère, il ne nous accable pas de reproches mais nous confie une mission nouvelle.
En conclusion, la mention « On l’emmena d’abord chez Anne » (Jn 18.13) inaugure le récit de la Passion de Jésus et montre, par un contraste saisissant, la perversité du pouvoir religieux et l’autorité véritable de Jésus. En éclairant ce passage, le pasteur David Jang enseigne que l’Église et les croyants, à l’exemple de Jésus, ne doivent pas se taire face à une corruption systémique, mais témoigner de la vérité. Il rappelle aussi que l’obéissance de Jésus dans la souffrance est celle de l’« Agneau de Dieu qui ôte le péché du monde » (Jn 1.29), et que cette obéissance conduit en définitive à la croix, puis à la victoire de la résurrection.
Le procès inique infligé à Jésus nous oblige ainsi à reconsidérer l’ensemble de l’événement de la croix. Celle-ci n’est pas qu’un instrument de supplice : elle est le symbole absolu de l’amour de Dieu, qui hait le péché mais aime passionnément le pécheur. Et cet amour n’a pu être vaincu par aucun pouvoir humain. Comme l’a souvent répété le pasteur David Jang, « sans la croix de Jésus, le message du salut n’est pas complet ; et sans la résurrection, la mort sur la croix ne serait qu’un drame tragique. » Or la croix et la résurrection forment ensemble le cœur de l’histoire du salut : l’humanité y reçoit la vie nouvelle et l’espérance éternelle.
Aujourd’hui, l’Église et les croyants portent la responsabilité de demeurer fidèles à l’Évangile de la croix et de dénoncer, comme Jésus l’a fait, la corruption spirituelle d’un leadership à la Anne. Même dans l’injustice et la souffrance les plus extrêmes, Jésus n’a pas cédé un pouce sur la vérité. De la même manière, nous sommes appelés à résister aux compromis et à l’autojustification, et à vivre l’Évangile avec la force de l’Esprit. Et si nous connaissons l’échec ou la peur qui nous pousse à renier Jésus, nous pouvons encore nous relever, comme Pierre, grâce au pardon du Seigneur ressuscité. C’est là la puissance de l’Évangile.
Ainsi, le passage de Jean 18.12-22 nous propose plusieurs angles de réflexion : il dévoile l’imposture d’un pouvoir religieux pourri, il nous montre un Jésus qui avance résolument vers la croix, il révèle la défaillance des disciples et leur rédemption, et il démontre que Dieu renverse « l’ancien Temple » pour en ériger un « nouveau » dans l’accomplissement de son plan rédempteur. Il nous rappelle aussi que l’Église n’a pas d’autre tête que Jésus-Christ, et que personne ne peut placer son autorité au-dessus de la vérité. Même si nous faisons l’expérience de l’échec et de la honte dans notre vie de foi, nous pouvons nous relever grâce à l’amour de Jésus et à la présence du Saint-Esprit. Le pasteur David Jang résume ce point en disant : « Certes, la voie suivie par Jésus est celle de la souffrance, mais c’est en même temps celle de la résurrection. Elle mène au salut accompli, et si nous demeurons en lui, qui est le véritable Temple, nous pouvons nous aussi dépasser toute forme de corruption religieuse ou mondaine et remporter la victoire spirituelle. » Voilà pourquoi la mention « On l’emmena d’abord chez Anne » reste un message vivant pour nous aujourd’hui : elle nous invite à entrer nous aussi dans ce chemin. Et tous les croyants qui s’y engagent sont appelés à se souvenir sans cesse de la Passion et de la Résurrection du Seigneur et à illuminer le monde d’aujourd’hui avec la lumière de l’Évangile.
요한복음 18장 12-22절에 등장하는 예수님이 체포되어 “먼저 안나스에게로 끌려간” 사건은 복음서 전체에서 매우 중요한 장면이다. 이 본문을 면밀히 살펴보면, 유대 종교 권력의 속성, 당시의 정치·사회적 배경, 예수님께서 겪으신 불법적이고 부당한 심문, 제자들의 두려움과 실패, 그리고 궁극적으로 예수 그리스도의 구속사적 사명이 어떻게 드러나는지를 포괄적으로 이해할 수 있다. 특히장재형목사가 여러 설교와 강의를 통해 강조해 온 ‘종교 권력의 부패와 그 속에서 여전히 이어지는 구원의 역사’라는 관점은, 이 사건이 단순히 2,000년 전 일어난 종교재판이 아니라 오늘날 우리에게도 상당히 깊은 교훈을 준다는 사실을 다시 생각하게 해준다.
예수님이 체포되신 후, 군대와 천부장, 그리고 유대인들의 하속들이 예수님을 결박하여 곧바로 안나스에게 데려간 것은 그 자체로 여러 의미심장한 문제점을 노출한다. 당시 공관복음서(마태, 마가, 누가)를 보면 예수님이 대제사장 가야바 앞에서 심문받으시는 장면이 주로 강조된다. 하지만 요한복음은 예수님이 먼저 안나스에게로 연행되었다는 점을 추가로 언급함으로써, 그 재판 과정이 매우 불법적이며 배후에 거대한 종교권력이 얽혀 있음을 드러낸다. 대제사장은 본래 종신직이었지만, 이 시대에는 로마 제국이 유대 땅을 지배하고 있었고, 돈과 정치적 결탁을 통해 대제사장직이 자주 교체되는 부패가 일어났다. 그 중심에 서 있던 인물이 안나스였다. 안나스는 A.D. 6년부터 15년까지 9년간 대제사장을 지냈고, 이후 자신의 다섯 아들에게도 연이어 대제사장직을 세습시키며 그 막강한 영향력을 지속했다. 그뿐만 아니라 안나스는 사위인 가야바가 공식적인 대제사장으로 있을 때도 여전히 막후 실력자로 군림했는데, 요한복음 18장 13절이 바로 “안나스는 그 해의 대제사장인 가야바의 장인이라”고 지적하는 대목이 이에 부합한다.
장재형(장다윗)목사는 이 대목에 주목하며, 겉으로 드러난 대제사장은 가야바였지만 예수님을 잡고 심문한 실제 배후에는 안나스라는 거대한 종교적 카르텔이 자리 잡고 있었다는 점을 여러 차례 강조한다. 안나스가 예수님을 먼저 자기 집으로 데려오도록 함으로써, 합당한 절차나 공식적 자리(산헤드린 공회에서의 공적 재판) 대신 사적이고 은밀한 방법으로 예수님을 심문하려 했다. 이는 율법에 충실해야 할 대제사장 가문이 스스로 율법을 파괴하며, 야음(夜陰)에 음모를 꾸민 부패상을 보여준다. 유대율법에 따르면 산헤드린 재판은 야간에 열 수 없었으며, 반드시 성전 뜰에서 하도록 규정되었다. 게다가 유대인들은 율법을 아주 철저히 지키는 자들이었는데, 예수님이 체포된 밤에 곧바로 심문을 시도했다는 것 자체가 율법을 공공연히 깨뜨린 사건이었다.
문제는 이 재판이 단순히 밤에 열렸다는 절차적 하자가 아니라, 예수님께 적용하려던 죄목이 애초부터 억지였다는 데 있다. 예수님의 공생애 동안, 대제사장들과 종교지도자들은 예수님을 여러 번 함정에 빠뜨리려 하거나 신성모독죄로 몰고 가려 했다. 성전을 “내 아버지의 집”이라 부른 것(요 2:16), “성전을 헐라 내가 사흘 만에 다시 세우겠다”고 말씀하신 것(요 2:19), 자신을 ‘하나님의 아들’이라 하신 것 등은 그들에게는 결국 십자가형에 처해야 할 빌미가 되었다. 그러나 실제로 예수님은 언제나 공개적으로 가르치셨고, 은밀한 조직이나 거짓 교리를 전파한 적이 없었다. 바로 그런 점을 요한복음 18장 20절에서 “내가 드러내 놓고 세상에 말하였노라. 모든 유대인들이 모이는 회당과 성전에서 항상 가르쳤고, 은밀하게는 아무것도 말하지 아니하였거늘”이라고 주님이 직접 말씀하신다.
그런데도 안나스는 예수님을 은밀히 불러내어 “네 제자들과 네가 가르치는 교훈이 무엇이냐?”(요 18:19)라고 묻는다. 이는 이미 결론을 내려놓고 예수님에게서 어떤 ‘신성모독의 증거’를 끄집어내려는 질문이었다. 복음서에 따르면, 유대의 공적 재판에서는 반드시 두 명 이상의 일치하는 증인이 필요했고, 거짓 증언이나 강압적 증언은 무효였다. 게다가 현직 대제사장이 아닌 안나스가 예수님을 신문할 권한 자체가 없었으며, 또 재판 장소가 성전 뜰도 아니었다. 정식 산헤드린 회의도 열리지 않은 시점에서 예수님이 결박된 채 밤에 안나스 앞으로 끌려간 것은, 명백히 법과 율법을 무시한 사건이었다.
이 지점에서장재형목사는 “안나스가 곧 부패한 종교 권력의 실체이며, 그의 내부에 자리한 죄성은 성전을 장사치의 소굴로 만들었던 근본 원인이었다”고 지적한다. 안나스 가문이 장악했던 성전은 ‘제물을 팔아 이윤을 취하는 시스템’으로 변질되었다. 성전 밖에서 흠 없는 제물을 사왔음에도 불합격 판정을 주고, 성전 안에서 비싸게 파는 제물만 구입하도록 유도하여, 가난한 자들에게는 부당한 부담을 지우고, 대제사장 일족이 거대한 이익을 챙기도록 만들었다. 예수님은 이런 부패를 뒤엎기 위해 성전을 정화하셨고, 결국 그 종교 권력자들에게는 예수님이 자신들의 기득권을 위협하는 존재로 비칠 수밖에 없었다. 그래서 예수님을 없애려는 음모가 꾸준히 진행되었고, 그 절정이 바로 이 밤의 체포와 신문이었다.
또한 “한 사람이 백성을 위하여 죽는 것이 유익하다”(요 11:50)는 가야바의 말은, 정치적·종교적 목적을 위해 예수님을 희생시키고자 하는 그들의 공동 음모가 이미 마련되어 있었음을 보여준다. 그리고 그 음모의 배후에서 모든 실질적 권력을 쥐고 흔든 이가 안나스였다는 것이다. 결국 안나스에게 먼저 예수님이 끌려갔다는 사실은, 십자가의 비극이 발생하기 이전부터 종교권력의 은밀한 부패가 뿌리 깊었음을 드러내고, 예수님이 가시밭길을 홀로 걸으실 때 어떤 악의 연대가 작동했는지를 고발하는 장면이 된다.
이어서 본문은 시몬 베드로와 대제사장과 아는 다른 제자가 예수를 따르다가, 그 다른 제자가 베드로를 이끌어 대제사장의 집 뜰로 들어가게 해 준 상황을 설명한다(요 18:15-16). 여기서 “대제사장과 아는 사람”으로 묘사되는 이 제자가 누구인지는 본문에서 명시되지 않는다. 전통적으로는 요한 자신일 가능성, 혹은 다른 친분이 있는 제자라는 견해가 있지만, 일각에서는 예수님을 배신한 유다의 개연성을 언급하기도 한다. 어찌 되었든 중요한 것은 ‘두 명 이상의 증언이 있어야 하는 재판 절차’에서, 예수님 편에서 증언해 줄 수 있는 제자가 필요한 순간이었음에도, 베드로는 두려움으로 인해 “나는 그를 알지 못한다”(요 18:17)고 부인한다는 점이다.
장재형목사는 이 부분에서, 베드로가 끝까지 예수님을 따라가며 그분 곁을 지키고자 했던 ‘용기’ 자체는 칭찬받아 마땅하지만, 결정적 순간에 주님을 부인함으로써 결과적으로는 증인의 역할을 전혀 수행하지 못했다는 점을 강조한다. 이미 가야바 혹은 안나스 측은 ‘유다’라는 내부자를 통해 예수님에게 죄를 덮어씌우려 하고 있었다. 공정한 재판이라면 유다의 말만으로는 부족하므로, 예수님을 변호할 증인이 필요했다. 그런 맥락에서 “들은 자들에게 물어보라. 그들이 내가 하던 말을 아느니라”(요 18:21)는 예수님의 말씀이 가진 의미가 매우 중요하다. 그러나 베드로는 곧이어 세 번 부인하게 되었고, 다른 제자들도 뿔뿔이 흩어졌다. 예수님께 불리한 증언이 난무하는 상황에서, 주님의 가르침의 진정성이 제대로 드러날 길이 막혀 버렸던 셈이다.
요한복음 18장 22절을 보면, “이 말씀을 하시매 곁에 섰던 아랫사람 하나가 손으로 예수를 쳐 이르되 네가 대제사장에게 이같이 대답하느냐”라는 폭력적 장면이 연출된다. 이는 예수님께서 안나스의 불법적인 심문에 합법적 절차를 환기시키자, 그 자리에 있던 하속이 예수님을 때리며 모독하는 모습이다. 율법과 진리를 지켜야 할 자리에서, 종교지도자와 그의 하수인은 오히려 폭력으로 대응하고 있다. 이 장면에서장재형목사는 “진리가 부재한 자리에 폭력이 난무한다”고 분석한다. 오직 거짓과 음모, 부패로 얼룩진 상황에서, 예수님은 묵묵히 그 ‘불법 재판’의 수모를 감당하셨고, 곧 이어 가야바, 빌라도에게까지 끌려가 십자가형에 이르게 된다. 하지만 이러한 모든 과정이 궁극적으로는 하나님의 구속사를 완성하는 여정이었다는 사실이 복음서 전체에서 드러난다.
안나스에게로 먼저 끌려간 사건이 담고 있는 교훈은, 한편으로는 성전을 ‘하나님의 전’이 아닌 ‘돈과 권력의 장’으로 만든 종교적 타락의 무서움을 일깨우고, 다른 한편으로는 예수님께서 그토록 극심한 부패 구조 한가운데서도 흔들리지 않으시고, 종국에는 십자가의 길을 감당하셨다는 진리를 제시한다. 그리고 그 사건이 개인의 구원 이야기를 넘어 공동체의 갱신과 회복, 나아가 참된 성전(주님의 몸)으로서의 새로운 시대를 여는 과정이었다는 점은 이후 초대 교회에 큰 의미를 부여했다.장재형목사는 이 본문의 해설에서 늘 그리스도인의 삶이 주님을 본받아 “어떠한 구조적 불의와 타락 앞에서도 진리를 선포하고자 하는 담대함이 필요함”을 역설해 왔다. 동시에 그리스도인 공동체가 자칫 ‘안나스의 길’을 걸어가면서 스스로를 성찰하지 못하고 권력과 탐욕에 물들 위험성도 각별히 경계해야 한다고 가르친다.
그리고 이 모든 맥락에서 핵심적으로 드러나는 점은, 예수님을 통해 ‘헌 성전’이 무너지고 ‘새 성전’이 세워지는 구도다. 예수님이 “너희가 이 성전을 헐라. 내가 사흘 동안에 일으키리라”(요 2:19)고 하신 말씀은, 유대 종교지도자들의 권위에 대한 단순한 도전이 아니었다. 본래의 성전 제도가 죄악과 탐욕으로 오염되었기에, 예수님이 친히 ‘새로운 성전’으로서 자기 몸을 십자가에 내어주심으로 죄를 속량하시고, 부활하심으로 참된 예배와 구원의 길을 여신 것이다. 바로 이 메시지가 요한복음에서 일관되게 흐르는 주제이자, 예수님을 십자가에 못 박으려는 유대 지도자들과 부딪친 근본 원인이다. 안나스는 자신과 일족(一族)의 이익과 기득권을 위해 성전을 유지하려 했고, 예수님이 선포하신 하나님의 나라와 새 성전의 비전을 인정할 수 없었다. 요한복음 18장 12-22절은 그 어그러진 대조를 직접적으로 보여주며, 결국 예수님이 십자가에 달리시되, 그 길은 하나님이 정하신 구원의 계획임을 알리는 중요한 계기가 된다.
이처럼 “먼저 안나스에게로 끌려간” 본문은 한없이 부패한 종교 권력의 민낯, 진리이신 예수님의 흔들림 없는 태도, 두려움 속에서 무너지는 제자들의 모습, 그리고 그 모두를 초월하여 진행되는 하나님의 구속 경륜이 교차하며 드러나는 장면이다.장재형목사는 이러한 본문의 영적 의미를 여러 가지 측면에서 되짚으며, 오늘날 교회 공동체가 겪는 내부적 부패와 권력화의 문제를 진지하게 성찰해야 함을 권면한다. 특히 예수님께서 마지막까지 참혹한 고통과 모욕을 묵묵히 견디시면서도, 한마디 한마디로 율법의 정당성을 되짚고, 종교지도자들의 불법을 정확히 드러내신 장면은, 세상 권력 앞에 굴하지 않고 진리를 지키는 길을 따르라고 우리에게 초대한다. 나아가 성도들은 베드로처럼 실패와 부인의 자리로 떨어질 수 있지만, 결국 주님의 사랑과 회복의 손길을 통해 다시금 세워질 수 있다는 사실도 함께 묵상하게 된다.
결국 이 이야기는 예수님이 안나스, 가야바, 빌라도로 이어지는 불법 재판의 굴레를 통과하심으로써, 십자가 사역을 온전히 이루시는 길의 시작점이 된다. 안나스에게 먼저 잡혀가심으로써, 예수님은 거짓 종교 권력의 본질을 조목조목 폭로하셨고, 동시에 성전과 예배의 참 의미를 다시 일깨우셨다.장재형목사는 “이 땅에 속한 어떤 권력도 진리를 막을 수 없으며, 진리는 그 어떤 억압과 폭력 속에서도 끝내 빛을 발한다”는 점을 이 본문을 통해 설파한다. 안나스가 막후에서 획책한 불법 심문과 거짓 음모는 오히려 주님이 진정한 하나님의 아들이심을 더욱 극명히 드러냈다. 그리고 그 결론이란 결국 “하나님의 나라가 이미 임했고, 예수님은 승리자이시다”라는 복음의 선포다.
따라서 첫 번째 “예수님을 먼저 안나스에게로 끌고 간 종교·역사적 배경과 본문의 심층적 의미”는, 단순히 배경사를 나열하는 데 머무르지 않고, 그 속에서 작동하는 악한 권력과 부패를 직시하며, 주님이 이를 어떻게 상대하셨는지를 주목함으로써 오늘의 교회와 성도가 어떤 길을 걸어야 하는지 진지하게 성찰하게 한다.장재형목사가 전하는 핵심 메시지는 “예수께서 철저히 당하신 고난은 하나님 나라를 선포하고, 타락한 성전을 허무는 과정이었으며, 결국 십자가와 부활을 통해 온전한 구원을 이룩하신다”는 것으로 요약된다. 그리고 그 구원은 2,000년 전 한 사건으로 끝나는 것이 아니라, 지금도 우리 가운데서 다시금 새롭게 체현되어야 한다. 곧, 우리 자신과 교회가 ‘안나스와 같은 길’을 걷고 있지 않은가를 끊임없이 점검하고, ‘예수님의 길’을 좇아 부패와 거짓을 버리고 진리와 공의, 사랑을 실천해야 한다는 교훈을 준다.
2. 예수님의 고난과 십자가
안나스 앞에서 시작된 불법적 심문은 결국 가야바를 거쳐 빌라도 법정에 이르러, 예수님께서 십자가형을 선고받는 국면에까지 치닫는다. 그러나 복음서는, 이 고난이 단순히 종교적·정치적 음모의 희생만을 의미하지 않는다고 말한다. 예수님의 고난은 오히려 ‘하나님의 구속계획’을 이루는 결정적 통로로 작용한다. 그리고 이 고난의 이야기는 교회 시대를 사는 우리에게 다시금 예배와 성전의 의미, 권위와 진리에 대한 태도, 그리고 제자로서의 삶이 무엇인지 묻는 준엄한 목소리가 된다.장재형목사는 바로 이러한 교훈이 요한복음 18장 12-22절 이후로 이어지는 “십자가 길”과 분리될 수 없음을 강조한다. 즉, 안나스의 뜰에서부터 이미 예수님은 고난받는 메시아로서의 정체성을 분명히 드러내셨고, 그 고난이 곧 부활의 영광으로 이어진다는 사실을 복음서 전체가 보여준다는 것이다.
첫째로, 예수님의 고난은 구약의 예언을 성취하는 사건이자, 동시에 인류의 죄를 대속하기 위한 하나님의 거룩한 섭리라는 점에서 의미가 깊다. 안나스가 취한 불법 재판, 가야바의 음모, 빌라도의 우유부단 등, 인간의 악과 어리석음이 극단으로 치닫는 국면에서조차 하나님의 뜻은 결코 좌절되지 않았다. 예수님은 “내가 말하였노라. 들은 자들에게 물어보라. 그들이 내가 하던 말을 아느니라”(요 18:21)며 담대하게 대응하셨지만, 곧이어 주님께 가해진 것은 모욕과 폭력이었다. 이러한 상황은 메시아가 왕이시면서도 고난의 종으로 오실 것이라는 이사야 선지자의 예언(사 53장 등)을 상기하게 만든다. 예수님은 힘으로 이 악을 무너뜨리시는 분이 아니셨다. 오히려 스스로 종의 모습이 되셔서, 부패한 종교지도자와 세상의 권력 앞에서 침묵 가운데 고난을 받으셨고, 그 길이 곧 인류의 죄를 대속하는 희생의 길이 되었던 것이다.
둘째로, 이 고난은 성전 제도 자체가 아니라, 예수님 그분이 “참된 성전”임을 드러낸다는 점이 요한복음에서 매우 강조된다.장재형목사는 “안나스가 장악하고 있던 그 낡은 성전 체제, 즉 동물 희생을 통해 하나님께 나아가는 구약적 제사 시스템은 예수님의 십자가 사건으로 말미암아 완전히 새롭게 갱신되었다”고 설명한다. 실제로 예수님의 죽음 직후, 성전 휘장이 위로부터 아래로 찢어졌다는 마태복음의 기록(마 27:51)은 구약적 희생 제도의 종결과 예수님을 통한 직접적이고 참된 예배의 길이 열렸음을 상징한다. 이처럼 “안나스의 성전”은 결국 무너지고, “예수님이 친히 성전 되시는” 은혜의 시대가 활짝 열렸다고 볼 수 있다. 그러나 참된 성전이신 예수님을 거부한 종교지도자들처럼, 지금의 교회 역시 그리스도의 진정한 임재보다도 자신들의 전통이나 권위를 더 우선시한다면, 안나스와 같은 잘못을 되풀이할 위험에 처할 수 있다.
셋째로, 베드로의 부인을 통해 드러나는 제자들의 연약함은 오늘 우리에게도 거울이 된다. 인간은 아무리 충성을 다짐해도, 혼자 힘으로는 극한의 두려움과 위험 속에서 예수님을 증언하기가 쉽지 않다. 베드로는 예수님을 사랑했고, 수제자라는 명예를 누렸으며, 심지어 겟세마네 동산에서는 칼을 뽑아 말고의 귀를 자를 만큼 과감했다. 그러나 막상 안나스의 뜰에서, “너도 이 사람의 제자 중 하나가 아니냐?”라는 질문 한 마디에 베드로는 주님을 부인하고 만다(요 18:17).장재형목사는 이 장면에서 “베드로의 내면을 헤아려 보면, 그가 얼마나 주님을 사랑했는지 알면서도 동시에 얼마나 인간적인 두려움에 휩싸였는지를 생생히 느낄 수 있다”고 말한다. 그리고 결국 베드로가 이 부인의 죄를 끌어안고 통곡했을 때, 부활하신 예수님은 갈릴리 디베랴 바닷가에서 그를 회복시키셨다(요 21장). 이는 제자가 비록 깊이 실패하고 넘어질지라도, 주님은 여전히 그를 붙잡고 다시금 제자로 세우신다는 소망의 메시지다. 마찬가지로 우리도 신앙 생활 속에서 “때로는 예수님을 모른다”는 태도나 말로 부인할 때가 있다. 그러나 진정으로 회개하고 돌아서는 자를 주님은 한없이 받아주시고, 다시금 큰 일을 맡기신다.
넷째로, 이 본문은 교회 공동체가 세상 권력과 맺는 관계, 그리고 내부적 권위의 문제를 어떻게 이해해야 하는지를 묻는다. 부패하고 타락한 안나스와 그 일족은 “하나님의 이름을 자기 욕심의 방편으로 삼은 자들의 전형”이라 할 수 있다. 그들은 거짓 종교심과 막대한 부로 성전을 오염시켰다. 예수님은 이들과 타협하지 않으시고, 오히려 성전을 정화하시며 진리로 그들의 죄를 고발하셨다(요 2장). 교회가 세상 속에서 살아가면서 때로는 세상의 권위(정치, 경제, 문화 등)와 부딪히거나 협력해야 할 상황이 생긴다. 그러나 교회가 만일 스스로 부패하여 안나스 일가처럼 “거룩한 외양”만 취한 채 실상은 이익과 권력에 영합한다면, 오늘날 다시금 “예수님을 십자가에 못 박는” 역할을 하고 있을지도 모른다.장재형목사는 여러 설교에서 “교회의 순수함과 투명성, 섬김의 리더십”을 강조하며, 성도 각자가 ‘왕 같은 제사장’(벧전 2:9)으로 부름받았음을 기억하여, 결코 교권주의나 세속적 욕망으로 복음을 가리지 않도록 깨어 있어야 한다고 권면한다.
다섯째로, 예수님의 고난은 결국 ‘승리의 관문’이 된다. 안나스의 음모, 가야바의 재판, 빌라도의 심문을 거쳐 예수님은 십자가에 달려 죽으심으로 모든 구속 사역을 완성하셨다. 요한복음 19장 30절에서 예수님이 “다 이루었다”고 선포하실 때, 이미 사단과 죄의 세력이 패배하였음을 의미한다. 부활을 통해 예수님은 생명의 능력을 드러내시고, 제자들에게 성령을 보내심으로 교회 시대를 여셨다(요 20장). 이는 종교적·정치적 권력이 협잡하여 예수님을 죽였지만, 참된 진리는 결코 꺾이지 않고 부활의 영광으로 이어진다는 진리를 나타낸다. 따라서 이 본문을 대할 때, 우리는 단지 예수님의 수난사에 머무는 것이 아니라, 그 고난이 우리를 위한 대속의 희생이며, 결과적으로는 보화(寶貨) 같은 부활의 소식을 안긴다는 점에까지 시선을 확장해야 한다.
결국 “먼저 안나스에게로 끌려가신 예수님”의 모습은, 오늘날 교회가 ‘부패한 종교 권력’을 비판적으로 바라보고, 진정한 예배와 신앙이란 무엇인지 성찰하게 만든다. 또한 “베드로의 부인”과 “제자들의 도망”을 통해, 우리의 연약함을 인정하되, 동시에 그럼에도 불구하고 부활하신 주님이 제자들을 다시 부르시고 용납하셨듯이, 실패한 자라도 주님께 돌아오면 새롭게 쓰임받을 수 있다는 희망을 준다.장재형목사는 이 구절을 인용할 때마다, “예수님의 제자 공동체는 철저히 주님의 은혜로만 회복되고 재무장될 수 있으며, 교회의 주인은 사람이 아니라 예수 그리스도이심”을 역설한다. 그분만이 우리의 기틀이자 반석이 되시므로, 어떤 인간적 실수나 부패, 악행이 일시적으로 발호할지라도, 결국 진리의 길은 절대로 흔들리지 않는다는 것이다.
또한 이 말씀은 거룩한 목적을 위해서라면, 때로는 종교적 시스템과 충돌하는 과감한 개혁이 필요함을 시사한다. 예수님은 성전을 뒤엎으신 사건(요 2:13-22)을 통해, 성전이 본래 목적을 상실하고 장사치들의 소굴이 되었다면 단호하게 바꿔야 함을 보이셨다. 그 결과 종교 권력에게 미움과 박해를 받으셨으나, 결코 주저하지 않으셨다. 교회가 ‘개혁’이라는 말을 들을 때에는, 바로 이런 예수님의 결기를 떠올려야 한다. 안나스 같은 부패 지도자가 자리하고, 그 주변에 간신배와 부당한 하수인이 가득하다면, 교회는 스스로를 갱신하고 정화해야 한다. 그리고 이는 철저히 복음과 진리의 능력, 성령의 도우심을 통해 이루어진다. 인간적인 수단만으로는 교회의 타락을 막기 어렵다. 그러나 “주님의 말씀과 성령의 능력으로” 개혁이 추진될 때, 그 길은 힘들고 외로워 보여도 궁극적으로 승리로 귀결된다.
장재형목사는 이러한 맥락에서, 교회가 세상을 향해 복음의 빛을 비출 사명을 감당하기 위해서는 먼저 “안에서부터의 개혁”이 필요하다고 설파한다. 만일 교회 내부가 타락하고, 지도자들이 욕심과 권력 욕망에 사로잡혀 있다면, 그곳에서 예수님의 십자가 복음은 변질되기 십상이다. 그 결과, 세상은 교회를 향해 손가락질하며, 복음 전파의 문이 막히게 된다. 안나스에게 붙들린 예수님의 모습을 생생히 묵상하면, 교회의 부패가 얼마나 무서운 결과를 가져오는지 깨닫게 된다. 주님이 직접 도마뱀 굴 같은 성전 기득권자들의 손에 넘겨지셨듯이, 오늘날도 교회 안에 도사린 욕망은 스스로 교회를 병들게 하고, 세상을 향한 교회의 선한 영향력을 심각하게 훼손한다.
그렇다면 이런 위기에서 벗어나는 길은 무엇인가?
첫째, 예수님의 삶과 말씀을 가장 우선적인 표준으로 삼는 것이다. 예수님은 어떤 대제사장이나 권위자에게도 타협하지 않으셨고, 오직 아버지의 뜻을 행하는 데 집중하셨다(요 4:34). 오늘날 교회가 전통이나 인간 지도자의 지시에 매몰되어, 성경의 본래 정신과 벗어난 길을 걷고 있다면, 과감히 되돌아와야 한다.
둘째, 성령의 역사를 사모하며 공동체적인 회개가 필요하다. 베드로와 제자들이 부활하신 예수님을 만난 뒤, 오순절에 성령을 받고 완전히 변했던 모습(행 2장)은 교회가 살아나는 핵심 동력이 “성령의 충만함”이라는 사실을 잘 보여준다. 교회가 인간적 계획이나 프로그램보다 성령의 역사에 민감해지고, 죄를 회개하며 돌이킬 때, 생명력이 넘치는 공동체로 다시 일어설 수 있다.
셋째, 서로를 정죄하거나 상처 주는 일보다, 말씀의 진리에 근거한 사랑과 돌봄을 실천해야 한다. 예수님이 십자가를 지시기 전, 제자들의 발을 씻기시며(요 13장) 사랑의 새 계명을 주신 것은, 교회 공동체의 정체성이 사랑에 있음을 분명히 하신 행동이다. 안나스 같은 폭정형 리더십과는 정반대로, 예수님은 종이 되신 리더십의 본을 보이셨다. 따라서 교회 안에서 권력을 쥐고 남을 지배하려는 태도는 예수님의 본에 정면으로 배치된다. 넷째, 교회 재정이나 권한구조 등 제도적 측면에서 투명성과 책임성을 갖추는 일이 중요하다. 고대 성전에서 제물을 사고파는 행위를 악용했던 안나스 일가는, 거짓 관행을 제도적으로 고착화시켜 큰 이득을 취했다. 교회 역시 예산·재정을 투명하게 운영하지 않으면, 권력과 부를 탐하는 자들이 쉽게 들어올 수 있고, 결국 내적 부패를 초래하게 된다.
이러한 제도적·영적 차원의 개혁을 통해, 교회는 다시금 진정한 예배의 자리로 돌아올 수 있다. 예수님이 “은밀하게 아무것도 말하지 아니하였다”(요 18:20)고 당당히 말씀하신 것처럼, 교회 역시 공의롭게 행하고 빛 가운데 일해야 한다. 그럴 때 교회는 세상의 비난과 의심 앞에서도 담대히 복음을 전할 수 있고, 제자들이 결국 두려움을 벗고 오순절 이후 용감하게 복음을 전파했던 것처럼, 하나님의 나라를 확장하는 진정한 도구로 쓰임받게 된다.
요한복음 18장 12-22절에 담긴 예수님의 고난 이야기는 단지 1세기 유대교의 부패만을 탓하며 끝낼 일이 아니다. 안나스가 보여 준 부패와 왜곡된 종교 권력의 작동 방식은 시대를 초월하여 되풀이되는 인간 죄성의 대표적 사례다. 교회사의 여러 어두운 국면에서, 그리고 오늘날도 세계 각지의 교회나 종교 조직 안에서 “안나스 유형의 지도자”가 반복적으로 등장한다. 그렇기에 우리는 이 말씀을 읽을 때마다, “우리 자신 역시 부패한 시스템에 가담하고 있지 않은지, 예수님의 진리에 충실하게 서 있는지”를 점검해야 한다.장재형목사는 줄곧 “교회는 끊임없이 말씀 앞에서 자기 정체성을 확인해야 하며, 외형적 성공이나 수적 부흥이 아니라, 예수님의 길에 충성함이 최우선 기준임을 잊지 말아야 한다”고 역설한다.
동시에 성도 개인의 차원에서, 우리는 “베드로의 부인”을 통해 인간적 연약함을 깊이 실감한다. 아무리 열심히 신앙생활을 해 왔어도, 막상 우리에게 불이익이 닥치거나 목숨을 위협받는 상황이라면 예수님을 부인할 가능성이 누구에게나 도사린다. 그렇기에 우리의 힘과 결심만으로는 온전한 제자의 길을 걸을 수 없다. 오직 성령의 도우심, 그리고 부활하신 주님이 베풀어 주시는 회복의 은혜가 절대적으로 필요하다. 이 점에서 베드로는 우리의 자화상이고, 예수님이 디베랴 바닷가에서 베드로를 용서하시고 다시 사명을 맡기시는 장면(요 21:15-17)은 그리스도인의 소망이 된다. 설령 우리가 한 번, 두 번, 세 번 예수님을 부인했다 해도, 진심으로 죄를 뉘우치고 돌아오기만 한다면, 주님은 그 부인을 책망만 하시는 것이 아니라 새로운 기회를 주시는 분이시다.
결론적으로, “먼저 안나스에게로 끌고 가니”(요 18:13)라는 이 말씀은 예수님 고난 서사의 시작이며, 동시에 기득권 종교권력의 사악함과 예수님의 참된 권위가 극명히 대비되는 결정적 장면이다.장재형목사는 이 대목을 통찰하며, 교회와 성도가 예수님의 길을 본받아 구조적 부패 앞에서 침묵하지 않고 진리를 증거해야 하며, 부패한 모습을 발견할 때에는 성전정화의 심정으로 회개와 개혁을 단행해야 한다고 주장한다. 또한 예수님이 보여 주신 고난의 순종이야말로, 세상의 죄를 지고 가는 “하나님의 어린 양”(요 1:29)으로서의 사명 완성의 길이었으며, 이 길이 궁극적으로는 부활과 승리로 이어진다는 복음의 소망을 잊지 말아야 한다고 강조한다.
이처럼 예수님이 불의한 재판을 당하시는 장면은, 우리로 하여금 십자가 사건 전체를 새롭게 바라보게 한다. 십자가는 단순한 처형 도구가 아니라, 하나님이 죄를 미워하시되 죄인들을 끝까지 사랑하신다는 절대적 사랑의 상징이 되었다. 그리고 그 사랑은 어떤 인간 권력도 가로막을 수 없었다.장재형목사가 거듭 강조해 온 것처럼, 예수님의 십자가가 없었다면 기독교의 구원 메시지는 완성될 수 없고, 만일 부활이 없었다면 십자가의 죽음은 비극으로 끝났을 것이다. 그러나 십자가와 부활은 하나님의 구속역사의 핵심 축을 이루며, 이 사건을 통해 인류가 새 생명과 영원한 소망을 얻게 되었다.
오늘날 교회와 성도들은, 안나스와 같은 부패한 영적 리더십을 경계하고, 예수님의 고난에 동참하며 십자가 복음을 지키고 전파해야 할 막중한 책임이 있다. 그리스도께서 겪으신 부당한 모욕과 고통 속에서도 한 치의 양보 없이 진리를 주장하셨던 장면을 기억하면서, 세상과의 타협과 자기합리화를 부숴 버리고, 성령 안에서 담대하게 복음을 살아 내야 한다. 그리고 혹여 실패하거나 두려움에 져서 주님을 부인한 자들이 있다 해도, 베드로가 다시 일어섰듯이, 누구든 회개하고 주님께 나오면 새 출발이 가능하다는 소망을 붙드는 것이 복음의 능력이다.
요한복음 18장 12-22절의 사건은 우리에게 여러 차원의 성찰을 제공한다. 부패한 종교권력의 민낯, 십자가에 이르기까지 걸어가신 예수님의 고난과 담대함, 연약한 제자들의 실패와 회복, 그리고 ‘헌 성전’을 무너뜨리고 ‘새 성전’을 여는 하나님의 구속 경륜이 함께 어우러진 텍스트다. 그리스도인들은 이 본문을 통해, 교회란 오직 예수님을 머리로 삼아야 하며, 어떤 인간 권위도 진리 위에 군림할 수 없음을 재차 깨닫게 된다. 또한 믿음생활에서 실패와 부끄러움이 있을지라도, 주님의 사랑과 성령의 임재 안에서 우리는 다시금 일어설 수 있다.장재형목사는 이를 두고 “예수님이 걸어가신 길이 고난의 길이지만 동시에 부활의 길, 우리의 구원을 완성하는 길이기에, 성도와 교회도 참된 성전이신 예수님 안에 거해 모든 세속적·종교적 부패를 뛰어넘는 영적 승리를 누릴 수 있다”고 요약한다. 이것이 곧 “먼저 안나스에게로 끌고 가니”라는 본문이 지금도 우리에게 살아 있는 메시지를 전달하는 이유다. 그 길에 동참하는 모든 성도들은, 주님의 고난과 부활을 늘 기억하며, 오늘의 시대 속에서 복음의 빛을 계속 밝혀야 한다.
I. La colère de Dieu et l’impiété/l’injustice de l’homme
Le passage de Romains 1.18-19 constitue un point-clé dans lequel l’apôtre Paul entame la partie centrale de l’Épître aux Romains, exposant la réalité du péché humain et la colère de Dieu qui en découle. Dans ses divers sermons et enseignements, le pasteur David Jang a souvent souligné que ce texte est un fondement essentiel pour comprendre la structure d’ensemble de l’Épître aux Romains et sa doctrine du salut. En effet, en lisant l’Épître, nous remarquons que l’annonce de l’Évangile suit un ordre précis : on parle d’abord du péché, puis vient la présentation concrète du salut. Il ne s’agit pas là d’une simple caractéristique littéraire ; c’est la démonstration que, pour saisir correctement la Bonne Nouvelle, il faut d’abord reconnaître la réalité du péché et comprendre pourquoi l’homme a absolument besoin de la rédemption.
Paul écrit aux nombreux païens qui vivent à Rome, cité symbole de la civilisation de l’époque, de la prospérité séculière et, en même temps, de la corruption la plus extrême du péché humain. Les Romains de l’époque ne se reconnaissaient pas comme pécheurs ; au contraire, ils étaient fiers de leur civilisation florissante, de leur sagesse, de leur puissance militaire et de leur richesse, sans éprouver la moindre culpabilité. Peut-être se demandaient-ils : « De quel péché parlez-vous ? Qu’a donc fait de mal cette Rome si resplendissante pour avoir besoin d’un salut ? » Face à cela, Paul démontre de manière très rationnelle la condition d’égarement profond dans laquelle se trouve l’humanité devant Dieu et la raison pour laquelle le salut est indispensable.
Dans son commentaire sur Romains 1.18-19, David Jang souligne tout particulièrement que le verset 18, qui parle de la « colère de Dieu », met en lumière non seulement les conséquences du péché, mais aussi l’état de rupture qui sépare Dieu et l’homme. L’expression « la colère de Dieu » ne doit pas être comprise comme une fureur irascible ou comme une simple projection d’émotions humaines. Dieu est parfait et bon ; Sa colère n’est pas l’éruption capricieuse d’un sentiment, mais la réaction juste et légitime de Sa sainteté et de Sa justice face au péché. De plus, Éphésiens 2.3 déclare que, du fait de leur péché, les hommes sont devenus par nature « enfants de colère », séparés de Dieu.
Ici, le terme « impiété » renvoie au péché qui transgresse la relation verticale avec Dieu : plutôt que de Le craindre ou de L’adorer, l’être humain L’oublie ou préfère ne pas tenir compte de Lui. Quant à l’« injustice », elle décrit la dimension horizontale du péché dans les rapports humains : on fait du tort aux autres, on oppresse autrui, on fait preuve de malhonnêteté, d’hypocrisie, d’avidité, etc. En Romains 1.18, Paul pointe particulièrement ceux qui « retiennent injustement la vérité captive » : ce sont ceux qui, délibérément, étouffent la vérité, musellent ceux qui annoncent la Parole ou ignorent sciemment la connaissance de Dieu inscrite en eux.
David Jang souligne que, dans la réalité, la plupart des gens craignent de faire face à la question du péché. Reconnaître que l’on est pécheur, c’est exposer ses limites et sa honte ; c’est pourquoi, par réflexe, on résiste en disant : « Pourquoi serais-je pécheur ? » De fait, si l’on veut annoncer la joie profonde du salut, on doit d’abord expliquer clairement pourquoi ce salut est nécessaire. Sinon, l’interlocuteur pensera aisément : « Je n’ai pas besoin de salut. » Paul développe donc amplement la doctrine du péché : il montre pas à pas à quel point l’humanité est loin de la justice et de l’ordre de la création voulus par Dieu.
Le verset 18 — « La colère de Dieu se révèle du ciel contre toute impiété et toute injustice des hommes qui retiennent la vérité captive » — n’explique pas directement pourquoi le péché suscite la colère de Dieu, mais la suite du chapitre (1.19-32) détaille peu à peu la nature et les conséquences du péché. David Jang relève en particulier que la colère de Dieu s’exerce parce que l’impiété et l’injustice de l’homme le conduisent finalement à l’autodestruction ; Dieu ne veut pas laisser l’humanité s’égarer de la sorte sans réagir. De même qu’un père ne reste pas inerte quand son enfant emprunte un chemin dangereux, allant parfois jusqu’à le réprimander vivement pour le corriger, la colère de Dieu est le feu de Sa sainteté et un avertissement de Son amour. Certes, la Bible insiste sur l’amour de Dieu, mais cet amour ne va pas jusqu’à tolérer ou laisser se perpétuer le péché qui détruit l’humain. L’amour de Dieu est indissociable de Sa sainteté ; de ce fait, un juste jugement, voire la colère, s’abat sur ce qui détruit la relation fondamentale entre Dieu et l’homme.
Comme le rappelle souvent David Jang dans ses prédications, Dieu est un être personnel, non un concept philosophique « impassible » ou dénué d’émotions. Dans la pensée de la Grèce antique, on représentait souvent la divinité comme un être omniscient et froid, dépourvu de toute passion. Mais la Bible décrit Dieu comme notre Créateur et notre Père, qui gémit ou s’indigne quand l’homme demeure dans le péché. Dans Jérémie ou Osée, nous voyons se mêler en Dieu la jalousie, la tristesse, l’indignation à l’égard de Son peuple. C’est que, dans Sa souveraineté absolue, Il considère l’humanité dans une relation d’amour. Et quand cette alliance se brise, « la colère » divine naît de Sa sainteté et de Sa nature aimante.
Le péché humain, résumé dans la Bible par les mots « impiété et injustice », correspond, en quelque sorte, à la transgression des commandements divins. Même si la civilisation progresse et que la science se développe, l’homme ne peut pas réaliser le bien et la justice véritable en se passant de Dieu. Voyez l’Empire romain : malgré une solide organisation juridique, malgré des courants philosophiques (stoïcisme, épicurisme, etc.), l’impiété et l’injustice y atteignaient des sommets. L’homme déchu ne peut régler son problème fondamental par la seule philosophie ou l’auto-discipline morale, car le péché ne se réduit pas à quelques écarts de conduite : c’est le résultat d’une rupture ontologique avec Dieu.
Paul poursuit en disant que ce péché attire la colère de Dieu, « qui se révèle du ciel ». David Jang remarque que cette expression, « se révèle du ciel », suggère qu’au terme d’un long temps de patience divine, lorsque le péché s’accumule et parvient à son paroxysme, le jugement de Dieu devient inévitable. Dieu est patient et nous laisse maintes occasions de revenir à Lui, mais Il manifeste aussi Sa justice en condamnant le péché, prouvant ainsi Sa sainteté et Sa justice. Les récits de l’Ancien Testament, comme le Déluge au temps de Noé, la destruction de Sodome et Gomorrhe, ou encore la déportation du peuple d’Israël, démontrent que les avertissements divins quant au péché ne sont pas de vaines menaces. Dans le Nouveau Testament, les paroles de Jésus sur le jugement final, ou l’épisode d’Ananias et Saphira dans le livre des Actes, révèlent de même la sévérité de la colère de Dieu face au péché.
Aujourd’hui, certains croyants se sentent mal à l’aise avec la notion de « colère divine » ou préfèrent mettre en avant uniquement l’amour de Dieu, au risque de déformer le message biblique. Or, si Dieu n’exprimait pas de colère contre le péché, Son amour deviendrait un concept vide de sens. Si Dieu est saint et si le péché mène l’homme à la ruine, le laisser faire ne serait pas faire preuve d’amour. Le pasteur David Jang compare souvent cela à la relation entre un parent et son enfant : si celui-ci se dirige vers un précipice et que le parent, sous prétexte d’aimer son enfant, ne le met jamais en garde ni ne le corrige, on ne peut parler de véritable amour. Car il sait très bien que son enfant court à la catastrophe et ne fait rien pour l’en empêcher. De même, Dieu, face à l’humanité déchue, dit « Non, pas ça ! » et lui donne l’occasion de se repentir. Finalement, Il prononce un jugement sur les conséquences du péché. C’est cela, la colère de Dieu.
Pour Paul, ce qu’il appelle le « péché des païens » englobe globalement les péchés du monde qui ne connaît pas Dieu ; il insiste surtout sur la dimension de l’impiété, car la rupture de la relation verticale avec Dieu entraîne la rupture des relations horizontales. Tout ce que nous observons comme injustices sociales, guerres, violences, exploitations, dérèglements sexuels, provient en définitive de l’impiété, c’est-à-dire de la négation de Dieu. Une vie sans référence à Dieu ou sans révérence envers Lui est la racine de tous ces maux. En seconde partie du chapitre 1, Paul explique que, au lieu d’honorer Dieu, les hommes se sont inclinés devant des idoles, des idées mensongères, et ont fait de leurs désirs des idoles, entraînant un déchaînement de péchés et de corruption dans la société.
Dans ce contexte, David Jang prévient que l’Église et les croyants ne doivent pas craindre de mettre en lumière le péché. Il faut le confronter et le dénoncer, sinon il finit par suppurer et se transformer en un mal encore plus grave. Tant pour un individu que pour une nation, masquer le péché par complaisance n’est pas de l’amour, mais un facteur aggravant. La Bible montre que Dieu ne tolère pas le péché et, lorsqu’arrive le temps fixé, Il juge inéluctablement. Ce principe se voit à travers tous les textes bibliques.
De Romains 1.18 à Romains 3.20, Paul développe cette doctrine du péché. Pour résumer :
En 1.18-32, il décrit les péchés des païens.
En 2.1–3.8, il dénonce les péchés des Juifs.
En 3.9-20, il conclut que tous, Juifs comme païens, sont sous l’emprise du péché. En somme, « Il n’y a pas de juste, pas même un seul » (Romains 3.10). Paul veut démontrer l’universalité du péché pour préparer l’argument selon lequel Jésus-Christ est l’unique solution pour délivrer l’homme de son péché.
C’est alors que Dieu répond à ce péché par Sa « colère ». Certes, nous connaissons toutes sortes de colères dans le monde, mais la colère humaine est presque toujours teintée d’émotions coupables et d’imperfections. Au contraire, la colère de Dieu est l’exécution juste de Sa condamnation face au péché, un moyen saint de conduire l’homme au salut. David Jang explique que Romains met en avant cette problématique dès le début, afin que l’on prenne conscience de la condition pécheresse de l’humanité et de la réalité de la colère divine, ce qui rend l’Évangile « la puissance de Dieu pour le salut de quiconque croit » (Romains 1.16) d’autant plus précieux. Tant qu’on ne se sait pas pécheur sous la colère divine, on ne peut saisir pleinement la valeur de l’Évangile et la grâce qui en découle.
Ainsi, la « colère de Dieu » évoquée en Romains 1.18 est un thème-clé que l’on ne saurait négliger. Au seuil du développement doctrinal de l’Épître, Paul insiste sur ce fait : la colère divine tombe sur l’impiété et l’injustice, c’est-à-dire le péché humain. De même qu’à l’époque romaine, beaucoup justifiaient leur vie religieuse ou philosophique sans se reconnaître pécheurs, nos contemporains, fiers des progrès scientifiques, technologiques et économiques, peuvent se demander : « Pourquoi aurions-nous besoin de salut ? » Mais si l’homme ne comprend pas qu’il est plongé dans le péché, il ne ressentira jamais la nécessité du salut. D’où, selon David Jang, l’importance cruciale de Romains 1.18 pour notre époque : Paul proclame la colère de Dieu contre le péché et nous invite à prendre conscience du sérieux de la situation.
Cette colère a pour toile de fond un péché concret : les hommes « retiennent la vérité captive par l’injustice ». Autrement dit, quand la vérité est annoncée, l’homme pécheur, au lieu de l’accueillir, la combat. Plus la vérité éclaire, plus le péché est mis à nu, et ceux qui aiment le péché cherchent alors à faire taire la voix qui les dénonce. Dans l’histoire de l’Église, chaque fois que l’Évangile a été proclamé, il y a eu des forces qui l’ont persécuté. Pourtant, la Parole ne peut être réduite au silence : Dieu suscite sans cesse des serviteurs et des témoins qui continuent de prêcher l’Évangile, et l’Église, malgré les persécutions, a préservé la vérité et n’a cessé de grandir. Comme le dit Ésaïe 40.8 : « L’herbe sèche, la fleur tombe ; mais la parole de notre Dieu subsiste éternellement. »
Cependant, Paul ne prêche pas la colère de Dieu pour terroriser ou enfermer les gens dans un sentiment de culpabilité, mais pour leur dire : « Revenez de vos péchés et tournez-vous vers Dieu ! » Sans la conscience de son péché, nul ne peut recevoir le salut. D’où l’insistance sur la doctrine du péché dans l’Église primitive. Si l’Église élude ou minimise le péché, les gens ne verront pas la gravité de leur faute et n’éprouveront pas la nécessité d’être sauvés. Dans ce cas, l’Évangile perd sa force et se réduit à de « bonnes paroles » inoffensives. Voilà pourquoi Paul et l’Église apostolique insistaient sur la reconnaissance du péché, et c’est ce que, selon David Jang, l’Église doit continuer à faire de nos jours.
En conclusion, dans Romains 1.18, la mention de la « colère de Dieu » occupe une place de premier plan dans la prédication de l’Évangile. Pour saisir la nature de l’amour et du salut divin, il est indispensable de confronter d’abord la réalité du péché humain et de la juste colère de Dieu à son égard. Faire l’impasse sur cette vérité, c’est, finalement, vider l’Évangile de sa puissance et de sa grâce. Le salut, c’est la délivrance du péché, et celui qui ne connaît pas son péché ne pourra ni comprendre ni accueillir le salut.
Les mots « impiété et injustice » qui provoquent la « colère de Dieu » décrivent une situation à laquelle l’homme ne peut remédier par ses propres forces. Confronté à ce problème, tout être humain est invité à la repentance et à la foi, à reconnaître l’urgence de revenir à Dieu. Ni la splendeur de la civilisation romaine, ni la prospérité et la sécurité que procure aujourd’hui la modernité ne peuvent effacer ou alléger le jugement qui pèse sur le péché. Voilà l’état d’urgence que Paul veut souligner, de même que la raison profonde pour laquelle l’Évangile est indispensable.
II. La connaissance intérieure de Dieu et la nécessité du salut
Le verset suivant, Romains 1.19, embraye sur la réalité du péché et de la colère divine : « Car ce qu’on peut connaître de Dieu est manifeste pour eux ; Dieu le leur ayant fait connaître. » De façon surprenante, Paul affirme que même les païens, c’est-à-dire ceux qui ne connaissent pas Jésus, possèdent déjà « ce qu’on peut connaître de Dieu ». Cela souligne qu’il existe entre le Créateur et l’homme un lien indéfectible : malgré l’impiété et l’injustice, l’homme conserve en lui une faculté de reconnaître Dieu et de Le rechercher.
Dans son commentaire, David Jang explique que ce verset démontre que « l’être humain, en dépit de sa chute, porte dès sa naissance un désir fondamental de Dieu, et qu’il n’est donc pas totalement corrompu au point d’avoir perdu toute capacité de Le pressentir ». Certes, à cause du péché, l’homme est spirituellement voué à la mort, mais il demeure en lui, tel un vestige de l’image de Dieu, un certain sens moral, une liberté, une raison, une inclination religieuse. C’est pourquoi, à travers toute l’histoire de l’humanité, on n’a jamais cessé de chercher la notion de « divinité » ou « d’Absolu ».
Paul fait référence à deux niveaux de cette « connaissance » de Dieu.
La révélation générale via la création : comme il le précise en Romains 1.20, les choses visibles de la nature et de l’univers, l’ordre qui règne dans le cosmos, révèlent la puissance et la divinité du Créateur. Le cycle des saisons, les lois de la nature, le mouvement des astres, la merveille de la vie ne sont pas des hasards chaotiques, mais un signe évident d’un dessein intelligent. De nombreux philosophes et scientifiques ont reconnu, ne serait-ce que partiellement, la possibilité d’un être transcendant au vu de cet ordre.
La voix intérieure de la conscience humaine : David Jang insiste sur le fait que l’homme éprouve naturellement un sentiment de culpabilité, qu’il distingue le bien du mal, qu’il s’interroge sur sa finalité existentielle. Tout cela exprime une soif latente de Dieu. Combien se demandent : « Qui suis-je ? Pourquoi suis-je ici ? » Cet élan naît du vide spirituel créé par notre séparation d’avec Dieu. Or seule la reconnaissance de Dieu peut étancher cette soif. Comme saint Augustin l’a écrit, « Notre cœur est sans repos tant qu’il ne repose pas en Toi ». À travers les siècles, cette vérité a maintes fois été confirmée.
Le problème, c’est que l’homme n’accueille pas correctement cette « connaissance de Dieu ». Paul remarque : « Ayant connu Dieu, ils ne l’ont point glorifié comme Dieu, et ils ne Lui ont pas rendu grâce » (Romains 1.21). Autrement dit, malgré les preuves de la divinité et la voix de leur propre conscience, les hommes refusent Dieu, s’adonnent à l’idolâtrie, accordent leur adoration et leur confiance à des entités ou des idées trompeuses, et s’enorgueillissent d’eux-mêmes. L’impiété et l’injustice s’en trouvent aggravées.
Selon David Jang, le rejet de Dieu engendre dans le cœur humain une suite de conséquences telles que « l’anxiété, la solitude, la vanité, le désespoir ». On ressent la culpabilité, on essaie en vain de la noyer dans des plaisirs éphémères, mais on se retrouve face à un vide existentiel encore plus grand. On se croit privé d’amour, l’incertitude de l’avenir nous angoisse : en somme, on atteste par ces sentiments notre état de « rupture avec Dieu ». Il n’est pas rare qu’un incroyant, lorsqu’il affronte une crise intérieure, se mette tout à coup à invoquer « un dieu » ou « une puissance supérieure ».
Mais la vérité est claire : aucun exercice moral, aucun système philosophique ne permet d’accéder pleinement à Dieu si le problème du péché n’est pas réglé. Voilà le message de Paul dans l’ensemble de l’Épître aux Romains. Puisque l’homme ne peut anéantir son péché, seul Jésus-Christ, par Sa croix et Sa résurrection, accorde la rémission des fautes et la justification. Celui qui place sa foi en Lui reçoit cette grâce. C’est le cœur même de la soteriologie de Romains.
Ainsi, même si l’homme « possède en lui quelque chose qui le rend apte à connaître Dieu », cela ne suffit pas à éradiquer le péché. L’Évangile est indispensable. Dans ses prédications, David Jang souligne que, pour se libérer du péché, connaître la vraie liberté, la paix de l’âme, il faut accepter l’Évangile de Jésus-Christ. Jésus Lui-même a dit : « Venez à moi, vous tous qui êtes fatigués et chargés » (Matthieu 11.28), et encore : « Si quelqu’un a soif, qu’il vienne à moi et qu’il boive » (Jean 7.37). Il ne réclame pas d’accomplir des rites ou des mérites ; Il nous invite simplement à revenir à Dieu.
Le problème, c’est que la religion elle-même peut parfois obstruer le chemin qui mène à Dieu, si elle se met à « commercer » ou à imposer des règles qui laissent croire qu’il faut acquérir certains mérites pour accéder à Dieu. Mais ce n’est pas l’enseignement biblique. Comme le résume Romains 3.24, c’est « gratuitement que nous sommes justifiés par Sa grâce, par le moyen de la rédemption qui est en Jésus-Christ ». Éphésiens 2.8-9 l’exprime aussi : « Car c’est par la grâce que vous êtes sauvés, par le moyen de la foi. Et cela ne vient pas de vous, c’est le don de Dieu. Ce n’est point par les œuvres, afin que personne ne se glorifie. »
Le pasteur David Jang rappelle souvent l’illustration de la parabole du fils prodigue (Luc 15), qui montre bien la relation Père-fils. Dès que le fils décide de revenir chez son père, il n’a plus aucune condition à remplir. Le père court à sa rencontre, lui pardonne ses égarements et le rétablit dans son statut de fils. Il n’y a ni formalisme compliqué ni rançon à payer : il suffisait de revenir. Pourtant, l’homme, par culpabilité ou orgueil, ou à cause d’une vision religieuse erronée, croit souvent qu’il doit d’abord « faire quelque chose » avant d’aller à Dieu.
Cependant, Romains 1.19 dit que, même chez l’incroyant, se trouve déjà « ce qu’on peut connaître de Dieu ». Ainsi, si cet homme se tourne sincèrement vers Dieu et crie à Lui, Dieu ne restera pas sourd. « Voici, je me tiens à la porte, et je frappe » (Apocalypse 3.20) : Dieu est Celui qui frappe en premier, incitant l’homme à revenir. Quand nous ouvrons la porte de notre cœur, Sa grâce se déverse immédiatement, le pardon et le salut commencent à se manifester.
De la sorte, le sentiment de soif, de manque, d’anxiété, toutes ces frustrations de l’âme sont la preuve même que l’homme ne peut se passer de Dieu. Aucune réussite matérielle ou divertissement ne peut assouvir pleinement ce manque. Dans l’Antiquité, certains penseurs de Rome (Sénèque, Marc Aurèle, etc.) cherchaient la paix intérieure via des philosophies comme le stoïcisme, mais ils n’ont pas pu résoudre radicalement le problème du péché. Face à cela, Paul annonce qu’il n’y a qu’en Dieu que réside la solution.
David Jang interprète la phrase « Dieu le leur ayant fait connaître » (Romains 1.19) comme la preuve que Dieu ne souhaite pas nous laisser dans l’ignorance. Il se révèle continuellement à l’homme, par la nature, la conscience, l’histoire, et ultimement par Jésus-Christ. Tout se résume à savoir si l’homme accueille ou rejette cette révélation. En cas de refus, Dieu réprouve l’impiété et l’injustice ; en cas d’acceptation, s’établit la réconciliation entre Dieu et l’homme (Romains 5). La réconciliation, c’est le salut, la vie éternelle. Sur le plan théologique, c’est la restauration du lien rompu entre Dieu et l’homme par le Christ. David Jang prêche souvent que « lorsque nous confessons sincèrement notre péché et nous tournons vers Dieu, nous retrouvons cette identité d’enfants de Dieu pour laquelle nous avons été créés. »
Cela va bien au-delà de simples appartenances religieuses ou de rites. Il s’agit de la prise de conscience que, sans Dieu, mon être ne peut s’accomplir. Pour paraphraser Augustin : « Tu nous as faits pour Toi, et notre cœur est inquiet jusqu’à ce qu’il repose en Toi. » Créés à l’image de Dieu, nous ne pouvons trouver la paix, la joie et la raison de vivre qu’en Lui. Le monde propose une multitude de « substituts » : argent, pouvoir, gloire, plaisirs, idoles… mais ils n’offrent qu’une satisfaction éphémère, suivie d’un vide encore plus grand. L’homme ne fait que prolonger son errance spirituelle.
Selon le pasteur David Jang, « croire en Dieu et en Jésus » revient à retrouver notre moi authentique. Ce n’est pas adhérer formellement à une institution religieuse, mais redécouvrir qui je suis, d’où je viens et où je vais, en renouant avec mon Créateur. Or, parce que l’homme est doté à la base de cette sensibilité à Dieu – ce que Paul appelle « ce qu’on peut connaître de Dieu » –, il lui reste toujours la possibilité de retourner vers Dieu. Dans l’histoire universelle, d’innombrables peuples ont cherché des voies spirituelles, même si beaucoup ont dérivé vers l’idolâtrie ou de fausses conceptions de la divinité. C’est pourquoi Paul, dans ses écrits, appelle les hommes à délaisser ces idoles et à porter leurs regards sur le seul Créateur.
En fin de compte, Romains 1.19 confirme le caractère religieux et spirituel inscrit au plus profond de l’être humain. Placé juste après Romains 1.18, ce verset juxtapose deux réalités : la colère de Dieu envers l’homme pécheur et le potentiel qu’a l’homme de reconnaître Dieu. On y voit une tension entre, d’une part, la révolte et la déchéance que cause le péché, et, d’autre part, la faculté de percevoir Dieu, reflet de l’image divine en l’homme (malgré le péché originel).
Ainsi, David Jang encourage les chrétiens à une double attitude : « dénoncer le péché tout en croyant que l’homme garde la capacité et la soif de se tourner vers Dieu ». Si nous nous contentons de déclarer : « Vous êtes des pécheurs destinés à l’enfer », les gens se ferment. Mais comme Paul le démontre, il faut révéler le péché pour en expliquer la gravité, tout en montrant que l’homme a été créé pour Dieu et peut être restauré. Il y a effectivement du péché chez l’homme, mais il y a aussi la possibilité du salut. Ce qui rend l’Évangile opérant, c’est précisément l’alliance de la prise de conscience du péché et de l’espérance d’être sauvé par grâce.
Au cœur de l’Évangile se trouve l’idée que l’homme ne doit remplir aucune condition préalable pour venir à Dieu ; « Quiconque invoquera le nom du Seigneur sera sauvé » (Romains 10.13). Quand on confesse Jésus-Christ comme Sauveur, on reçoit la rémission des péchés et la vie éternelle. Exactement comme le fils prodigue qui rentre dans les bras de son père, nous retrouvons le statut d’enfant dès lors que nous revenons vers Dieu. Par la suite, Romains explique de manière systématique comment s’accomplit le salut : la justification, la sanctification, puis la glorification. Cependant, tout part de la conscience du péché et du « retour » vers Dieu.
De plus, l’Église porte la lourde responsabilité de préserver la pureté de l’Évangile. Elle aussi peut céder aux tentations, à la mondanité, ou pervertir la révélation de Dieu. David Jang avertit : « Si l’Église s’embarque dans des entreprises commerciales et s’acoquine avec le pouvoir au lieu de manifester la lumière de la vérité, elle perdra la puissance et la beauté de l’Évangile. » Si elle prêche un salut basé sur des œuvres ou un mérite personnel, elle ne procurera pas la liberté véritable. Au contraire, l’Église doit toujours proclamer la grâce inconditionnelle. En Romains 2, Paul blâme les Juifs qui jugent les païens tout en commettant les mêmes fautes : on ne peut dénoncer le péché des autres si l’on s’y complaît soi-même. L’Église doit exposer le péché pour conduire au repentir et, en définitive, offrir le pardon et la voie du salut : tel est le rôle du message de l’Évangile.
Romains 1.19 annonce une bonne nouvelle : « Si l’homme ouvre son cœur, il est capable de connaître Dieu et de revenir à Lui. » Dans la seconde partie du chapitre, Paul décrit ceux qui choisissent de persister dans le péché, disant que « Dieu les a livrés à leurs passions » (1.24, 1.26, 1.28). S’ils rejettent Dieu jusqu’au bout, Il respecte leur libre arbitre et les laisse récolter les fruits amers de leur autodestruction. L’homme est libre : il peut se rebeller contre Dieu ou s’abandonner à Lui. Et cette décision oriente sa destinée.
La réponse, comme Paul l’expose dès Romains 3, se trouve en Jésus-Christ, « dont l’œuvre d’expiation et de rédemption justifie le pécheur » et le libère de la colère divine. Cet Évangile est « la puissance de Dieu pour le salut de quiconque croit » (Romains 1.16). Le sombre tableau de la colère et du péché en 1.18-19 sert en fait à mettre en relief la gloire de la grâce divine. Plus grande est la profondeur du péché, plus éclatante est la grâce du Christ. David Jang insiste toutefois : même si l’homme a ce potentiel de connaissance de Dieu, il ne parviendra jamais de lui-même à la délivrance, car seul l’Évangile permet la solution radicale au problème du péché. Néanmoins, la « semence » de Dieu, inscrite dans l’homme, offre un terrain favorable pour la prédication. Voilà pourquoi l’Église doit annoncer courageusement la Bonne Nouvelle : en chacun demeure une soif de Dieu, qui peut ressurgir lorsque l’Évangile est proclamé.
En résumé, Romains 1.18-19 fait apparaître simultanément la colère de Dieu et la présence, en l’homme, d’une connaissance possible de Dieu. L’homme a besoin de salut, mais il peut y accéder, car Dieu a inscrit en lui ce « sens » de Lui-même. Sans cette conviction, on peut penser que le péché scelle irrémédiablement notre sort. Mais l’Évangile se dresse, déclarant que la voie du retour à Dieu est ouverte. L’Épître aux Romains développera cette présentation de l’Évangile : la justification par la foi, la réconciliation avec Dieu, et la vie éternelle en Christ. Paul se fonde donc sur un double constat : la gravité universelle du péché et l’existence d’une aspiration profonde à Dieu dans le cœur humain.
David Jang conclut que l’Église doit à la fois :
Annoncer la gravité du péché et la réalité de la colère divine, afin que l’homme ne s’illusionne pas sur sa condition.
Affirmer que chaque personne est capable de se tourner vers Dieu, ayant en soi une étincelle de la connaissance de Dieu.
Proclamer que la seule véritable solution au péché est en Jésus-Christ, par la foi en Sa grâce.
Sans la mise en lumière du péché ni la notion de la colère divine, l’homme ne se sait pas pécheur et ne veut pas de salut. Sans la reconnaissance de la possibilité intérieure de connaître Dieu, on pourrait sombrer dans un fatalisme pessimiste ou un élitisme religieux. Il faut donc tenir ensemble Romains 1.18 et 1.19. L’Église doit dire au monde : « Vous avez en vous la capacité de connaître Dieu. Cependant, si vous continuez à rejeter la vérité, vous restez sous le coup de Sa colère. Repentez-vous et revenez sans tarder ! » Pour qui ouvre son cœur, l’Évangile est une puissance de vie.
En définitive, l’Épître aux Romains ne s’arrête pas au diagnostic du péché. Si Paul insiste tant sur la culpabilité universelle (chapitres 1.18 à 3.20), c’est pour introduire la réponse salvatrice : la croix du Christ, grâce à laquelle le pécheur est justifié. « Il n’y a pas de juste » devant Dieu, mais, par le sang de Jésus, nous sommes lavés et déclarés justes, devenant enfants de Dieu. Voilà la grande nouvelle que Romains proclame, et les versets 1.18-19 en sont l’introduction. David Jang prêche : « Prenons conscience de nos péchés, repentons-nous et écoutons la voix de Dieu déjà présente au fond de notre cœur. Nous avons été créés pour Dieu, et, même déchus, nous portons encore ce désir. Admettons-le, et tournons-nous vers l’Évangile : nous serons alors délivrés de la colère et recevrons la vie éternelle. »
Ainsi, Romains 1.18-19 présente en germe toute la problématique de l’Évangile. D’une part, l’homme est sous la colère à cause de son péché ; d’autre part, Dieu a semé en lui la capacité de Le connaître. L’humanité cherche désespérément un sens, que ce soit via la science, la philosophie, l’art ou la politique, mais la réponse ultime est en Jésus-Christ. L’Église, dépositaire de ce message, est appelée à le proclamer fidèlement : oui, l’homme est pécheur et mérite la colère ; mais oui, il peut revenir à Dieu parce que Celui-ci Se révèle et invite chacun à la foi. David Jang souligne que, pour garder toute la force de l’Évangile, l’Église ne doit ni éluder le péché et la colère divine, ni nier la réalité d’une étincelle spirituelle chez l’homme. Si elle n’annonce pas la colère, les gens ne verront pas leur besoin de salut ; si elle néglige la présence de ce « sens de Dieu » en eux, elle tombera dans le pessimisme quant à l’évangélisation. Mais en unissant ces deux aspects, nous pouvons proclamer avec assurance : « L’homme est en péril à cause de son péché, mais il est aussi capable de se tourner vers Dieu qui l’attend. » Et à ce moment-là, l’Évangile déploie toute sa puissance pour sauver.
L’enjeu est aussi celui de la restauration de l’homme en tant que créature faite pour Dieu : par la croix du Christ, la relation verticale avec Dieu est rétablie, et les relations horizontales avec autrui en sont transformées. Puisque l’injustice découle de l’impiété, le retour à Dieu amène la guérison de beaucoup d’injustices dans le monde. Voilà la logique interne de l’Épître : si l’impiété est résolue, l’injustice peut l’être également. Au bout du compte, Romains 1.18-19 illustre de façon concise les prémices de la théologie paulinienne du salut. L’homme est sous le péché, donc sous la colère ; il est pourtant encore porteur d’une aspiration à Dieu, et peut accueillir l’Évangile. En dépit des innombrables tentatives humaines pour donner un sens à la vie, seule la foi en Jésus-Christ ouvre la voie de la réconciliation avec Dieu, du pardon et de la vie éternelle. L’Église doit témoigner de ce salut, conduisant les pécheurs au repentir et leur offrant l’espérance glorieuse de l’Évangile.
Comme le souligne souvent David Jang, la question cruciale demeure : « Ai-je retrouvé mon moi authentique en Dieu ? Resté-je sous la colère divine ou vais-je reconnaître mon péché et saisir la grâce du salut ? » C’est l’appel direct et personnel de Romains. L’Évangile n’est pas un simple savoir, mais une interpellation exigeant une décision existentielle. Prenons conscience de ce qu’il y a en nous d’aspiration à Dieu, cessons de fuir la vérité du péché et accourons humblement vers Lui. Dès lors, la colère de Dieu ne sera plus une menace de destruction, mais un aiguillon nous poussant à la repentance, pour nous arracher au péché et nous ouvrir à la vie nouvelle.
Au final, Romains 1.18-19 constitue le point de rencontre entre le péché et le salut, entre la colère et la grâce. Grâce à ces versets, nous comprenons qui est Dieu et qui est l’homme. Sans Dieu, l’homme ne saurait trouver son identité ni la paix véritable. Mais en se détournant de Dieu, il est inévitablement sous le coup de la colère. C’est pourquoi l’Évangile est indispensable : il nous délivre de la puissance du péché et nous rend enfants de Dieu.
Le pasteur David Jang enseigne que, tant que l’Église demeure fidèle à ce message, elle portera dans le monde la proclamation d’un Évangile vivant et puissant. « L’homme est capable de connaître Dieu » : cela nous remplit d’espérance pour l’évangélisation. « La colère de Dieu s’abat sur le péché » : cela souligne l’urgence et le sérieux de la démarche de salut. Si l’Église atténue l’un de ces deux aspects, elle affaiblit l’Évangile. Mais si elle les maintient ensemble, elle pourra prêcher la conversion avec autant de force que de compassion : « Vous portez en vous cette connaissance de Dieu, mais si vous persistez à la refuser, vous demeurez sous Sa colère. Repentez-vous sans tarder. » Pour ceux qui ouvrent leur cœur, l’Évangile se révèle comme une puissance de vie.
Ainsi, Romains ne se limite pas à dénoncer le péché. Une fois le péché mis en lumière, le salut peut intervenir. C’est ce que fait Paul : après avoir dévoilé l’ampleur du péché de 1.18 à 3.20, il propose la solution merveilleuse de la croix. Par l’expiation de Jésus-Christ, le pécheur est justifié et rétabli dans la filiation divine. C’est là le message de grande envergure que délivre Romains, et les versets 1.18-19 en posent les bases. David Jang exhorte donc les croyants à se repentir sincèrement, à prêter une oreille attentive à la voix de Dieu en eux. L’homme, créé pour Dieu, garde en lui un désir inné de se tourner vers Lui. Mais s’il renie ce désir et persévère dans le péché, il s’expose à la colère. S’il l’assume et accepte l’Évangile, il reçoit le pardon et la vie éternelle.
En définitive, Romains 1.18-19 inaugure la grande fresque de l’Évangile, abordant à la fois le péché et la colère, ainsi que la possibilité pour l’homme de pressentir Dieu. L’interrogation « Pourquoi avons-nous besoin de salut ? » et « Comment y accéder ? » s’impose d’elle-même. Romains répondra : « En Jésus-Christ, qui seul peut nous libérer de la colère et nous réconcilier avec Dieu. » L’Église a pour mission de le proclamer. Nous sommes tous sous la colère divine, mais nous sommes aussi capables de connaître Dieu et de nous tourner vers Lui. Jésus-Christ est l’unique médiateur qui nous arrache au péché et nous restaure comme enfants de Dieu. David Jang martèle que c’est là le cœur de l’Évangile dont l’Église doit se souvenir. Il faut dénoncer franchement le péché, mais non pour condamner définitivement : c’est afin d’appeler à la repentance et d’annoncer, en même temps, l’espérance du salut. Il faut également reconnaître la soif de Dieu inscrite en tout homme : loin de le mépriser, nous devons l’estimer capable de ressaisir cette soif. Quand « le péché et la grâce », « la colère et le salut » sont à la fois prêchés, alors l’Évangile selon Romains se manifeste dans toute sa force, même aujourd’hui.
L’enjeu ultime est de recouvrer notre véritable identité, celle d’êtres créés pour Dieu, réconciliés avec Lui. Cette réconciliation verticale ouvre la voie à la guérison des injustices horizontales. Romains l’affirme : là où l’impiété recule, l’injustice est appelée à régresser. Par conséquent, Romains 1.18-19 condense déjà l’essentiel de la théologie évangélique : l’homme, plongé dans le péché, subit la colère de Dieu, mais il a gardé en lui un élan de connaissance vers Dieu. Malgré ses propres efforts philosophico-religieux, seul l’Évangile de Jésus-Christ offre une délivrance définitive. C’est à l’Église d’en être la messagère, afin que ceux qui reconnaissent leur péché reçoivent le pardon et la vie. David Jang rappelle que Dieu agit constamment pour toucher la conscience de l’homme. La question est : « Saisirons-nous la main qu’Il nous tend ? » Si oui, nous trouverons la vie ; si non, nous resterons dans les ténèbres du péché et sous la colère. À chaque époque, y compris la nôtre, la situation est la même, qu’on vive à Rome à l’âge d’or ou dans un monde moderne. Les progrès scientifiques ou la prospérité économique ne suppriment pas l’angoisse profonde : « Sans Dieu, rien ne peut combler notre être. » Cependant, l’Évangile demeure. Il nous assure que nous n’avons plus à être esclaves du péché ni à craindre la colère : la voie du retour à Dieu est ouverte. À l’Église de proclamer et d’accomplir cette mission, en sachant qu’il revient à l’auditeur de choisir l’acceptation ou le refus. C’est la logique du salut dans Romains : la grâce est offerte à qui se repent et croit, tandis que la colère s’abat sur qui s’entête à refuser. Paul, dans Romains 1.18-19, jette ainsi les fondements d’une vision puissante de l’Évangile, à la fois lucide sur la gravité du péché et confiante dans l’aspiration de l’homme à connaître Dieu, tout en montrant que la pleine révélation du salut se trouve en Jésus-Christ seul.
I. La ira de Dios y la impiedad e injusticia humanas
El pasaje de Romanos 1:18-19 es un texto clave en el que el apóstol Pablo, al iniciar la parte principal de su Epístola a los Romanos, describe la realidad pecaminosa de la humanidad y la ira de Dios que recae sobre ella. El pastor David Jang, a lo largo de diversas predicaciones y exposiciones, ha enfatizado que este pasaje constituye un fundamento esencial para comprender la estructura global de Romanos y su doctrina de la salvación. De hecho, al leer la Epístola, vemos que el orden en que se proclama el evangelio es primero el ‘pecado’ y luego la ‘salvación’. No se trata solo de una característica estructural; para entender adecuadamente las buenas nuevas, antes debemos percibir con claridad la naturaleza del pecado y la razón por la cual el ser humano necesita desesperadamente ser salvo.
Pablo escribe su carta a un gran número de gentiles que habitaban en Roma. Esta ciudad era, en su época, un símbolo de civilización y prosperidad secular, pero también un lugar donde el pecado y la corrupción humana se manifestaban de forma extrema. Los romanos, en su mayoría, no se consideraban pecadores; más bien se enorgullecían de su refinada cultura, de su sabiduría, de su poderío militar y de sus riquezas, y no sentían conciencia de culpa alguna. Tal vez se preguntaban desconcertados: “¿Qué pecado tenemos nosotros? ¿Qué habría hecho mal esta gloriosa Roma para que se nos hable de la necesidad de salvación?”. Sin embargo, con el fin de explicar por qué la humanidad necesita salvación, Pablo desarrolla una argumentación muy lógica acerca de la profundidad del pecado que domina al hombre ante Dios.
En su exposición sobre Romanos 1:18-19, el pastor David Jang destaca especialmente que el versículo 18, que menciona la “ira de Dios”, describe tanto la consecuencia de todo pecado como el estado de enemistad existente entre Dios y la humanidad. La expresión “la ira de Dios” no alude a un arrebato emotivo similar a los de los seres humanos, ni a una mera proyección de nuestras pasiones sobre Él. Dios es perfecto y bueno, y su ira se fundamenta en Su santidad y justicia. Es la respuesta justa de un Dios santo que juzga el pecado. Ante Él, los hombres, que viven en “impiedad e injusticia”, han roto su relación con Dios y, por ello, Efesios 2:3 señala que somos por naturaleza “hijos de ira”.
El término “impiedad” se refiere a la transgresión en nuestra relación vertical con Dios: en vez de honrarlo y adorarlo, el hombre lo olvida y vive sin querer tenerlo presente en su corazón. Por otro lado, la “injusticia” describe la transgresión que se expresa de manera horizontal en las relaciones humanas: dañamos a los demás, los oprimimos y manifestamos corrupción a través de la deshonestidad, la hipocresía, la codicia, etc. En Romanos 1:18, Pablo menciona a quienes “con injusticia restringen la verdad”: personas que deliberadamente impiden la difusión de la verdad, acallan a quienes la proclaman o, incluso, hacen caso omiso de la conciencia que Dios ha impreso en lo más profundo de su ser.
Como señala David Jang, la mayoría de la gente teme enfrentarse a la cuestión del pecado. Reconocer que uno es pecador implica exponer nuestras limitaciones y vergüenzas. Por ello, de manera instintiva, muchos reaccionan con resistencia: “¿Por qué he de ser un pecador?”. Así, aunque tratemos de anunciar la profunda alegría y significado del término “salvación”, si antes no explicamos la razón de esa necesidad de salvación, la gente tenderá a pensar: “No creo necesitar algo así”. Para solventarlo, Pablo desarrolla detalladamente la doctrina del pecado y expone progresivamente cuánto se ha alejado la humanidad del orden y de la justicia establecidos en la creación divina.
En Romanos 1:18 se lee: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. Este versículo no explica directamente por qué el pecado provoca la ira de Dios, pero los versículos siguientes (1:19-32) profundizan en la naturaleza del pecado y en sus resultados. David Jang, en su comentario de este texto, indica que la ira de Dios se debe a que la impiedad y la injusticia humana son caminos que llevan a la autodestrucción, y Dios no deja que eso ocurra sin intervenir. Del mismo modo que un padre no permanece indiferente cuando ve que su hijo se precipita hacia el mal, a veces manifestando enojo y corrigiendo con firmeza, la ira de Dios encierra, al mismo tiempo, un fuego santo y una advertencia de amor. Aunque la Biblia afirme que Dios es amor, ese amor no tolera ni consiente que el hombre persista en el pecado y se autodestruya. Su amor está ligado a la santidad, así que ante todo pecado que destruye la relación básica entre Él y el hombre, hay un juicio y una ira justos.
El pastor David Jang insiste con frecuencia en sus predicaciones: Dios es un ser personal; no es una idea filosófica desprovista de emoción. En la filosofía griega antigua, a menudo se concebía la deidad como un ente omnisciente, omnipotente, pero carente de sentimiento. Sin embargo, la Biblia nos revela a un Creador y Padre que se lamenta y se indigna cuando su creación se entrega al pecado. Tanto en Jeremías como en Oseas encontramos expresiones del corazón de Dios, que experimenta celos, dolor y enojo con la humanidad. Se trata de un Dios que, siendo soberano absoluto, contempla al hombre en el marco de una relación de amor. Y cuando dicha relación se ve rota por el pecado, su “ira” surge como una reacción ineludible de su santidad y su amor.
“Impiedad e injusticia”, que resumen el pecado humano, pueden relacionarse con los mandamientos que incumben directamente a Dios y con aquellos que rigen la conducta con el prójimo. Por más que el mundo progrese y la tecnología avance, es imposible que el hombre realice la verdadera justicia y bondad al margen de Dios. Incluso en un imperio tan bien organizado jurídicamente como Roma, con tradiciones filosóficas y éticas desarrolladas, como el estoicismo o el epicureísmo, la impiedad y la injusticia se revelaron de forma extrema. El hombre caído no puede resolver su problema fundamental con meras disciplinas morales ni con reflexiones filosóficas, pues el pecado no consiste en un simple desliz individual, sino que es la consecuencia de la ruptura de la relación entre Dios y el hombre.
Pablo prosigue afirmando que a causa del pecado “la ira de Dios se revela desde el cielo”. El pastor David Jang explica que la expresión “desde el cielo” muestra que, en la medida en que se acumula el pecado humano y llega a su clímax, se hace inevitable que el juicio divino caiga en el momento oportuno. Dios es paciente y da muchas oportunidades, pero al final juzga el pecado con justicia, manifestando así su santidad y su justicia. Los ejemplos del Antiguo Testamento —el diluvio en tiempos de Noé, la destrucción de Sodoma y Gomorra, el exilio del pueblo de Israel— demuestran que las advertencias de Dios ante el pecado no son vanas. En el Nuevo Testamento, las enseñanzas de Jesús acerca del juicio final y la historia de Ananías y Safira en el libro de Hechos muestran el carácter inquebrantable de la ira divina frente al pecado.
En la actualidad, no pocos creyentes se sienten incómodos ante la idea de la “ira” divina, o tienden a exagerar únicamente el amor de Dios, cayendo en distorsiones. Sin embargo, si no existiera ira contra el pecado, el amor de Dios sería un concepto vacío. Si es cierto que Dios es santo y que el pecado lleva al hombre a la ruina, el permitir que el pecado continúe sin corrección no puede considerarse amor. El pastor David Jang utiliza con frecuencia la analogía de la relación entre padres e hijos para explicar este punto. Si los padres observan que su hijo va por un camino peligroso y, alegando amarle, no lo disciplinan ni lo corrigen, no sería amor auténtico, porque están dejando que su hijo camine directo hacia su destrucción. Del mismo modo, Dios le dice a la humanidad: “¡Detente!” ante el pecado, da oportunidades para el arrepentimiento y, en último término, ejecuta el juicio sobre el pecado. Esa es la ira de Dios.
Aunque Pablo se centra en el “pecado de los gentiles”, englobando el pecado de aquellos que no conocen a Dios, la raíz principal que señala es la “impiedad”. Cuando la relación con Dios (dimensión vertical) se rompe, la consecuencia natural es la ruptura en las relaciones con los demás (dimensión horizontal). Los grandes males sociales como la injusticia, las guerras, la violencia, la opresión y la depravación sexual se derivan de la “impiedad”. Una vida que rechaza a Dios o no lo honra ni lo reverencia acaba produciendo toda clase de maldad. Romanos 1, en sus versículos finales, describe que la gente, en lugar de dar gloria a Dios, se entrega a la adoración de ídolos, imágenes ficticias y engañosas, sirviendo a sus deseos, con lo que el pecado y la corrupción se propagan en todos los ámbitos.
En este contexto, el pastor David Jang subraya que la Iglesia y los creyentes no deben esquivar la confrontación con el pecado. El pecado ha de ser expuesto para que quien lo comete pueda arrepentirse y hallar el camino a la salvación. Si en la comunidad de fe se tolera un pecado oculto, ese pecado continúa gangrenándose hasta convertirse en algo más serio. Así sucede también a nivel individual y en una nación o sociedad entera. Encubrir el pecado de forma ambigua no es un acto de amor, sino que, por el contrario, profundiza sus raíces. A lo largo de la Biblia, Dios muestra repetidamente que no permite el pecado y que, llegado el momento, ejerce su juicio con ira.
Esta exposición sobre el pecado se extiende desde Romanos 1:18 hasta 3:20. En términos esquemáticos, primero (1:18-32) Pablo describe el pecado de los gentiles; luego (2:1–3:8) denuncia el pecado de los judíos, y por último (3:9-20) concluye que tanto judíos como gentiles están bajo el dominio del pecado. En resumen, no hay justo, ni siquiera uno (Ro 3:10). Este razonamiento exhaustivo sobre la universalidad del pecado prepara el fundamento para la afirmación de que solo Jesucristo puede salvarnos del pecado.
La respuesta de Dios al pecado es su “ira”. Puede que en el mundo experimentemos la ira en diversas formas, pero la ira humana suele ser pecaminosa e imperfecta. En cambio, la ira divina es un juicio justo contra el pecado y un recurso santo que persigue la salvación del hombre. Según explica el pastor David Jang, precisamente por eso Romanos inicia su exposición refiriéndose al pecado y a la ira: el ser humano debe darse cuenta de su pecado y de que está bajo la ira de Dios para poder apreciar lo valioso que es el evangelio, “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro 1:16).
Por ende, la “ira de Dios” mencionada en Romanos 1:18 es un punto medular que no debemos pasar por alto. Pablo, al abrir el cuerpo principal de su epístola, enfatiza la ira de Dios como un tema crucial que describe cómo recae sobre la impiedad y la injusticia humanas (el pecado). Al igual que los romanos de la antigüedad, la gente de hoy, orgullosa de los adelantos científicos y tecnológicos, la prosperidad económica, etc., tiende a cuestionar: “¿Por qué habríamos de necesitar salvación?”. Pero si el hombre no ve que verdaderamente está en pecado, jamás sentirá la urgencia de la salvación. En este punto insiste el pastor David Jang: la proclamación de la “ira de Dios” en Romanos 1:18 sigue siendo tan importante como siempre, porque sin el reconocimiento del pecado, no hay anhelo real de salvación.
Detrás de esta ira se halla el pecado “que con injusticia restringe la verdad”. Con frecuencia, cuando se anuncia la verdad, algunos reaccionan con hostilidad y tratan de silenciarla, porque cuanto más luce la luz de la verdad, más evidente se hace el pecado. A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido siempre fuerzas empeñadas en sofocar el evangelio. Pero la Palabra de Dios no puede ser acallada por el hombre. Dios respalda a quienes Él ha llamado para proclamarla, y la Iglesia, en medio de la persecución, ha defendido y difundido la verdad. Así se cumple lo que dice Isaías 40:8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.
La finalidad del mensaje de la ira de Dios no es intimidar a la gente o sumirla en culpa, sino, en el fondo, llamar al arrepentimiento y atraer a Dios a quienes se han apartado. Si el hombre no se da cuenta de su pecado, no puede recibir la salvación. Por ello, Pablo lo denuncia con claridad. Cuando la Iglesia omite señalar el pecado o lo suaviza demasiado, la gente pierde de vista la gravedad de su condición pecaminosa y no siente necesidad de salvación. Así, el evangelio se reduce a “buenas palabras” y pierde su fuerza transformadora. Por tal razón, la Iglesia primitiva y Pablo daban un gran énfasis a la conciencia del pecado, algo que, según recalca David Jang, sigue teniendo vigencia en la Iglesia actual.
En definitiva, Romanos 1:18 menciona la “ira de Dios” y la sitúa en una posición muy significativa dentro del evangelio. Para comprender debidamente el amor y la salvación de Dios, primero hemos de reconocer la realidad del pecado y la justa ira que Dios ejerce sobre él. Pasar por alto esta verdad imposibilita comprender la gracia y el poder del evangelio. La salvación es precisamente “del pecado”, y quien ignora qué es el pecado tampoco sabrá qué es la salvación.
Así, la “impiedad e injusticia” que despiertan la “ira de Dios” describen un problema esencial que el hombre no puede resolver por sus propios medios. Solo cuando el ser humano se ve ante la ira divina, comienza a sentir la necesidad de arrepentirse y de volverse a Dios. Ni la grandeza cultural, el poder ni la prosperidad de Roma pudieron encubrir este problema, del mismo modo que hoy nada de lo que el mundo ofrece puede aligerar la carga del pecado y el peso de la ira divina. Tal es la urgencia de la condición humana que Pablo quería dejar clara, y este es, a su vez, el motivo por el que precisamos el evangelio.
II. La conciencia de Dios en el interior humano y la necesidad de la salvación
Romanos 1:19 se enlaza al tema del pecado y la ira de Dios con la afirmación: “porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó”. Sorprendentemente, Pablo declara que incluso los incrédulos (gentiles que todavía no conocían a Jesús) tienen ya la posibilidad de “conocer a Dios”. Esto alude a que el ser humano, al ser creación de Dios, mantiene un vínculo ineludible con su Creador. Aunque vive en impiedad e injusticia, el hombre conserva dentro de sí una cierta capacidad de reconocer a Dios.
El pastor David Jang enseña que este versículo pone de relieve que “el hombre, desde su nacimiento, siente un anhelo innato por Dios, y aunque haya caído en el pecado, no está completamente destruido”. En efecto, a causa del pecado, el hombre está condenado a morir espiritualmente, pero en su interior persiste la “imagen de Dios” —o al menos residuos de ella— que incluye la razón, la voluntad libre, el sentido moral y la inclinación religiosa. Es por esto que, a lo largo de la historia, la humanidad ha buscado de manera constante a “un dios” o “un ser absoluto”.
Pablo menciona “lo que se puede conocer” de Dios en dos sentidos. Primero, se refiere a la revelación general mediante el “mundo creado”. En el versículo 20 de Romanos 1 profundiza en ello. Por medio de la naturaleza y el universo, Dios ha dado a conocer parte de su poder y deidad. El orden y armonía del cosmos, el cambio regular de las estaciones, la precisión de los astros y la maravilla de la vida revelan de forma intuitiva que no somos producto de una casualidad, sino que existimos bajo un plan cuidadoso del Creador. Muchos filósofos y científicos han llegado a admitir la existencia de un ser supremo al contemplar el orden del universo.
Segundo, existe el ámbito de la conciencia y de la razón en el interior del hombre. El pastor David Jang señala que el hecho de que el ser humano experimente remordimiento cuando peca, distinga el bien del mal y busque un propósito para su existencia, denota la presencia de un anhelo natural de Dios en él. Es común que la gente, en algún momento de su vida, enfrente la pregunta trascendental: “¿Quién soy? ¿Por qué vivo?”. Este interrogante surge de la ansiedad y el vacío espiritual que siente la persona alejada de Dios. Solo podemos hallar la respuesta en Dios. San Agustín lo expresó así: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, indicando que el hombre no puede hallar reposo sin Dios.
El problema es que, si bien el hombre tiene esa capacidad básica de “conocer a Dios”, se niega a recibir esa revelación. Pablo prosigue diciendo: “Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias” (Ro 1:21). A pesar de las pruebas de la existencia divina y la voz interior que les interpela, los humanos, en su orgullo, rechazan a Dios. O sustituyen a Dios con ídolos, prestan más atención a la mentira que a la verdad y se afanan en exaltarse a sí mismos. De ahí que la impiedad y la injusticia se agraven.
David Jang explica que rehusar a Dios conduce al hombre a “ansiedad, soledad, vacío y desesperación”. El pecado genera temor; buscar saciarse en los deseos mundanos solo proporciona satisfacciones efímeras, mientras la sensación de futilidad perdura. La soledad por la falta de un amor auténtico, la incertidumbre ante el futuro y la desesperanza son síntomas que revelan la “ausencia de Dios” en el alma humana. Por eso, incluso quienes no creen, en momentos de angustia existencial, claman a alguna divinidad o ente superior.
La verdad, sin embargo, es que ninguna disciplina moral o reflexión filosófica basta para reconciliarnos con Dios. Aunque puedan facilitar la búsqueda de Dios, mientras no se resuelva el problema del pecado, la comunión verdadera con Él es imposible. Este es el mensaje principal de Pablo en Romanos: el hombre no puede resolver el pecado por su cuenta; únicamente por la cruz y la resurrección de Jesucristo podemos alcanzar el perdón y la justificación. Mediante la fe en Cristo participamos de esa gracia, la que constituye el núcleo de la soteriología en la Epístola a los Romanos.
Por consiguiente, el hecho de que tengamos en nuestro interior “lo que de Dios se conoce” no basta para resolver el problema del pecado. Necesitamos el evangelio. El pastor David Jang subraya que para experimentar la verdadera libertad, la liberación del pecado y la paz del alma, es indispensable aceptar el evangelio de Jesucristo. También Jesús invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados” (Mt 11:28), y “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn 7:37). Esta invitación no exige rituales complicados ni méritos humanos; se trata sencillamente de “volver a Dios”, eje esencial de las buenas nuevas.
A veces incluso la religión institucional se convierte en un obstáculo para encontrar a Dios cuando se mercantiliza la fe o se insisten en prácticas y méritos humanos que llevan a la gente a creer erróneamente que primero deben cumplir ciertas condiciones para poder acercarse a Dios. Ese no es el mensaje de la Biblia. Romanos 3:24 dice que somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Efesios 2:8-9 lo expresa también con claridad: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe… y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.
En sus mensajes, David Jang frecuentemente emplea la parábola del hijo pródigo (Lucas 15) para ilustrar la relación entre Dios y el hombre. El hijo pródigo simplemente decidió: “Regresaré a mi padre”. No hubo requisitos ni condiciones; el padre corrió a su encuentro y le restituyó su posición de hijo. No se exigió un proceso complejo ni un costo. El hombre, a causa de la culpa, el orgullo o la distorsión que el mundo promueve, a menudo cree que debe “prepararse más” antes de acudir a Dios. Sin embargo, la Escritura deja claro que quienquiera que clame a Dios con sinceridad, Él no lo desechará. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo” (Ap 3:20). Dios mismo se acerca primero, aguarda nuestro retorno, y en el momento en que abrimos el corazón, su gracia actúa: somos perdonados y empieza la obra de la salvación.
El anhelo del alma, ese sentido de vacío y desasosiego que aflora cuando intentamos vivir sin Dios, demuestra que pertenecemos a Él. Ninguna satisfacción terrenal o distracción puede llenar este vacío de manera definitiva. Los pensadores romanos, como Séneca o Marco Aurelio, se esforzaron por encontrar sentido a la vida, acudiendo al estoicismo para hallar serenidad interior; no obstante, jamás pudieron hallar la solución última al problema del pecado. Pablo les anuncia que la auténtica respuesta descansa en Dios.
David Jang destaca que la frase “pues Dios se lo manifestó” implica que Dios no desea ignorar ni abandonar al hombre a su suerte. Desde la creación hasta el presente, Dios se revela al hombre de múltiples maneras: a través de la naturaleza, de la conciencia, de la historia, y de forma definitiva en Jesucristo. El punto crucial está en si el hombre lo recibe o lo rechaza.
Si el hombre persiste en rechazarlo, persiste en la impiedad y en la injusticia, y finalmente sufre la ira de Dios (Ro 1:18). Pero si lo acepta, se restablece la comunión con Dios, la relación de “reconciliación” (véase Romanos 5). Esta reconciliación es la salvación misma y significa que quien ha nacido de nuevo pasa a poseer la vida eterna. Teológicamente, el pecado que rompió nuestra relación con Dios es perdonado por la obra de Cristo. Así lo expresa el pastor David Jang: “En el momento en que reconocemos nuestro pecado y volvemos a Dios, recobramos la condición de hijos con que fuimos creados inicialmente”.
No se trata de un simple cambio de adscripción religiosa ni de participar en un acto de culto. Es descubrir “quién soy” en esencia, de dónde vengo y adónde voy, el propósito y significado últimos de la vida. Lo que dijo San Agustín —“mi alma no halla reposo sino en ti”— expresa la esencia de la existencia humana a través de los tiempos: fuimos creados a imagen de Dios, y solo en Él encontramos la plenitud, la paz, el gozo y el amor.
Entre tanto, el mundo propone muchos sustitutos, pretendiendo que pueden sustituir a Dios: dinero, poder, fama, placer y toda clase de ídolos. Todos ellos prometen felicidad, pero solo producen complacencias momentáneas y un vacío mayor. Así, el hombre prosigue su errancia espiritual. Para David Jang, “creer en Jesús” significa volver al ser auténtico que Dios diseñó. No se trata de afiliarse a una institución religiosa o apegarse a una liturgia, sino de un proceso de autodescubrimiento esencial: comprender mi verdadera identidad, origen y destino, y el sentido que guía mi vida.
Dado que el hombre ya tiene, en cierto modo, la capacidad de “conocer a Dios”, en cualquier momento puede ocurrirle que, alzando su clamor hacia el Señor, Dios le responda. El Apocalipsis 3:20 (“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”) muestra que es Dios quien nos invita primero a volvernos a Él. Y cuando abrimos nuestro interior, la gracia divina nos alcanza y se inicia la salvación: el perdón de los pecados y el regalo de la vida eterna.
Ninguna prosperidad o entretenimiento mundano puede resolver definitivamente la sed del alma. Los filósofos y eruditos de la Roma antigua, como vemos, se preguntaban por el sentido de la existencia, pero no hallaban respuesta al problema esencial del pecado. Pablo proclama a estos mismos romanos que la respuesta verdadera está en Dios.
El pastor David Jang también reflexiona que “Dios se lo manifestó” implica que el deseo de Dios no es mantener al hombre en la ignorancia, sino mostrarse y guiarlo hacia Él. La iniciativa es divina, y el hombre puede acoger o rechazar esa revelación. Si la rechaza, incurrirá en la ira descrita en Romanos 1:18. Si la acepta, tendrá la “reconciliación” (Romanos 5), es decir, la salvación y la vida eterna. Es la restauración de la relación rota por el pecado a través de Cristo. David Jang subraya que cuando uno reconoce con sinceridad que es pecador y se vuelve a Dios, recupera la esencia de sí mismo como “hijo de Dios”.
No es asunto de cambiar de religión o adoptar un formato de culto diferente; es partir de la convicción de que “sin Dios no puedo ser plenamente yo”. La famosa frase de San Agustín —“estamos hechos para Dios y nuestro corazón no halla sosiego si no descansa en Él”— resume la verdad universal de la condición humana. Fuimos creados a imagen de Dios y solo en la comunión con Él podemos hallar la paz y el gozo genuino.
A pesar de ello, el mundo ofrece una variedad de ídolos que fingen saciar ese deseo innato. El dinero, el poder, el prestigio, el placer y diversas ideologías pretenden conducir al hombre a la felicidad, pero al final solo brindan satisfacción efímera, acrecentando la sed interior. Por ello, muchos vagan incesantemente, con un vacío cada vez mayor. David Jang predica que la fe en Jesús implica, en realidad, el retorno a la identidad original. No se reduce a unirse a un grupo religioso o atenerse a reglamentos; es recobrar la consciencia de nuestra creación en Dios y de que sin Él estamos incompletos.
El hombre puede reconocer a Dios porque cuenta en su interior con “lo que de Dios se conoce”. De hecho, toda cultura humana ha intentado expresar la búsqueda de lo divino o de lo trascendente. Pero esa búsqueda se ha desviado a menudo hacia la idolatría y ha terminado enfocándose en conceptos que no son el Dios verdadero, sino meras creaciones humanas. Por eso Pablo continúa exhortando: “No se engañen con sus muchos dioses, ni con las filosofías erradas ni con la deificación del Imperio; vuelvan la mirada al Creador único y verdadero”.
Así, Romanos 1:19 (“porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto”) confirma la dimensión religiosa y espiritual innata del ser humano. No obstante, en paralelo, Romanos 1:18 presenta la “ira de Dios”. Esto revela la naturaleza dual de la existencia humana: por un lado, anhelamos a Dios; por otro, nos rebelamos contra Él por el pecado. Desde una perspectiva teológica, esta tensión puede describirse como la coexistencia del “pecado original” y la “imagen de Dios”.
En sus predicaciones, David Jang señala que, por ello, los cristianos debemos “denunciar el pecado, pero a la vez creer que el ser humano conserva ese anhelo y potencial para hallar a Dios”. Si nos limitamos a decir al mundo: “Ustedes son pecadores que irán al infierno”, seguramente muchos se cerrarán. Pero, como hace Pablo, hemos de señalar el pecado con claridad y, al mismo tiempo, extender la esperanza que surge de decir: “En ustedes hay una semilla de anhelo hacia Dios; si se vuelven a Él, serán transformados”. Porque, aunque el hombre es pecador, tiene también la posibilidad de salvación. Ese potencial se vuelve realidad por medio del evangelio.
La esencia del evangelio es que el ser humano no necesita aportar méritos ni cumplir requisitos complejos; con solo invocar el nombre de Jesucristo y recibirlo como Salvador, halla el perdón de pecados y la vida eterna: “Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo” (Ro 10:13). Al igual que el hijo pródigo que vuelve a la casa paterna, cualquier pecador puede volver a Dios y, al hacerlo, recobra su condición de auténtico hijo. Romanos, más adelante, muestra de manera sistemática cómo la salvación incluye la justificación, la santificación y, finalmente, la glorificación. Pero todo empieza por “reconocer el pecado y volverse a Dios” de corazón.
La Iglesia, por su parte, lleva la enorme responsabilidad de anunciar este mensaje, sin ignorar que ella misma también está expuesta a tentaciones y a la secularización. Es fácil que, incluso dentro de la Iglesia, la “conciencia de Dios” se distorsione o se manipule para otros fines. El pastor David Jang advierte que cuando la Iglesia, lejos de ser luz de la verdad, se dedica a los negocios o a ejercer un poder abusivo, pierde la pureza y la fuerza del evangelio, y obstaculiza el deseo de la gente de buscar y encontrar a Dios. Si el evangelio, en vez de proclamar la gracia incondicional de Dios, se tergiversa poniendo el énfasis en los logros humanos, no conduce a la verdadera libertad del alma.
Así, la Iglesia y los creyentes deben examinarse continuamente. Igual que en Romanos 2 Pablo reprende a los judíos: “¿Tú, que juzgas a los gentiles, no haces lo mismo?”, si la Iglesia denuncia el pecado y, a la vez, vive en pecado, eso sería pura hipocresía. La comunidad de fe no debe “restringir la verdad” con su propia impiedad e injusticia. Por el contrario, está llamada a iluminar el pecado y guiar al arrepentimiento, ofreciendo el perdón y la reconciliación del evangelio. Ha de ser un canal de la verdad y no limitarse a la condenación, sino abrir el camino a la salvación.
Romanos 1:19 encierra un mensaje de esperanza: “si el hombre abre el corazón, puede reconocer a Dios y volverse a Él”. Posteriormente, en la segunda parte del capítulo 1 (vv. 24, 26, 28), Pablo menciona tres veces que Dios “los entregó” a sus pasiones. Cuando las personas persisten en su rechazo a Dios, éste respeta su libre albedrío y permite que prosigan en su camino de perdición, cargando con las consecuencias de su elección. El ser humano, creado con libre voluntad, asume entonces la responsabilidad de afrontar el desenlace de vivir según sus propias pasiones.
¿Cuál es la respuesta? A partir del capítulo 3 de Romanos, Pablo muestra la solución: gracias a la expiación realizada por Jesucristo, cualquier pecador puede ser justificado y escapar de la ira de Dios, para entrar en la vida eterna. Este es el evangelio que constituye “poder de Dios para salvación” (Ro 1:16). La contundente declaración de la culpa universal en 1:18–3:20 hace resplandecer aún más el glorioso poder del evangelio: cuanto más consciente es el hombre de su pecado y su desesperanza, más grandiosa aparece la gracia de Cristo.
El pastor David Jang insiste: incluso si el hombre tuviese en su interior la capacidad de reconocer a Dios, sin Jesucristo y el evangelio, seguiría imposibilitado de alcanzar la salvación. Ni la revelación general ni la conciencia moral resuelven el pecado de raíz. Sin embargo, el hecho de que Dios haya sembrado en nosotros esa “búsqueda innata de Él” indica que, al oír el mensaje del evangelio, el hombre puede responder a esa voz interior. Por eso la Iglesia ha de proclamar el evangelio con valentía, confiando en que el Espíritu Santo tocará el anhelo profundo que hay en cada corazón humano.
Resumiendo, Romanos 1:18 y 19 describen conjuntamente la ira de Dios y la posibilidad de que el hombre conozca a Dios. Esta combinación plantea la pregunta de por qué necesitamos la salvación y cómo podemos obtenerla. Debido a la impiedad e injusticia, estamos bajo la ira divina; pero, al mismo tiempo, la conciencia de Dios que llevamos nos permite, si nos arrepentimos y aceptamos el evangelio, alcanzar la salvación. Así llega Pablo a la conclusión en Romanos 3: no hay justo, pero la redención en Cristo es accesible a todo el que cree. Este es el corazón del mensaje de salvación, tan válido hoy como entonces.
Ninguno de nosotros puede jactarse de estar libre del pecado y de la ira de Dios, según la Escritura. Sin embargo, esa realidad no anula nuestra esperanza, porque Dios ha impreso en nosotros la semilla de la búsqueda de Él y ha abierto un camino de salvación en Cristo. Al comprender esto, el hombre halla su verdadero yo al reconciliarse con Dios, recuperando el sentido y el propósito de su existencia.
David Jang explica que “el evangelio es el poder de Dios para dar vida al hombre bajo el pecado”, y que “el hombre puede reconocer su pecado gracias a la voz interior (la ley moral, la conciencia) y la revelación que Dios hace por medio de la creación”. Cuando se anuncia el evangelio, muchos advierten con sorpresa: “Esto es lo que siempre he anhelado”, o un sentimiento de culpa que estaba adormecido surge a la superficie y los conduce al arrepentimiento. Ese “volverse a Dios” o “venir a Cristo” marca el inicio de la salvación que describe Romanos.
Romanos 1:18-19 enseña que, aunque el hombre esté de espaldas a Dios, éste sigue llamándolo para que se vuelva a Él. Pero, si el hombre rechaza esa llamada, no puede escapar de la ira provocada por el pecado. Este mensaje valía para la Roma de Pablo y vale para cualquier civilización. En la actualidad, a pesar de los avances científicos y el bienestar material, el vacío y la ansiedad interiores no han desaparecido. Ello confirma que, aunque llevamos “lo que de Dios se conoce” dentro de nosotros, vivir sin Él inevitablemente produce esa desazón.
Si escuchamos el mensaje del evangelio y abrimos nuestro corazón, ya no permaneceremos como esclavos del pecado. Podemos escapar de la ira divina y ser adoptados como hijos de Dios. Ésta es la verdad que la Iglesia debe proclamar al mundo. Cada persona puede acoger o rechazarla, y de esa elección depende su destino. Si aceptamos el mensaje y acudimos a Dios con arrepentimiento y fe, recibimos perdón y vida eterna; si lo rechazamos, permanece la ira de Dios. Este es el planteamiento soteriológico de toda la Epístola a los Romanos.
Vemos, pues, que Romanos 1:18-19, al mostrarnos la ira de Dios y la conciencia de Él en el hombre, no es un mero texto antiguo para un contexto específico. Mientras exista el ser humano y persista el pecado, el problema sigue vigente. Y la respuesta del evangelio también permanece invariable: el hombre ha sido creado para buscar a Dios, pero el pecado lo separa, aunque Dios ha provisto el camino de la reconciliación en Jesucristo. La tarea de la Iglesia y los creyentes es difundir este camino, presentándoselo a todos.
Tal como señala David Jang, la pregunta clave de este pasaje es: “¿Has recuperado tu identidad real?”, “¿Permanecerás bajo la ira de Dios o admitirás tu pecado, te arrepentirás y abrazarás la gracia de la salvación?”. La Epístola a los Romanos interpela así al oyente de forma personal y directa, pues el evangelio no es solo una doctrina, sino un llamado a una decisión existencial. Una vez comprendemos que en nuestro interior hay una “conciencia de Dios” y admitimos nuestro pecado sin excusas, retornamos a Dios con humildad. Entonces la ira de Dios se convierte, no en una amenaza para aniquilarnos, sino en la sacudida que nos hace salir del pecado y recibir la salvación.
Con ello, Romanos 1:18-19 es el prólogo donde se entrecruzan pecado y salvación, ira y gracia. Este pasaje nos revela a Dios y también la naturaleza humana. El hombre, sin Dios, jamás hallará su auténtica esencia ni la paz verdadera. Al tiempo, si rechazamos a Dios, persistimos en el pecado y encaramos inevitablemente su ira. Por eso necesitamos el evangelio, que nos libera del pecado y nos reconcilia con Dios, haciéndonos sus hijos.
El pastor David Jang insiste en que, mientras la Iglesia conserve fielmente este mensaje, podrá anunciarlo con eficacia en el mundo. Reconocer que el hombre tiene una capacidad básica para conocer a Dios nos anima a evangelizar con esperanza, sabiendo que, en el interior de cada persona, late un anhelo de Dios. A la vez, proclamar la “ira de Dios” nos muestra la urgente necesidad del evangelio. Si la Iglesia elude hablar del pecado y de la ira, las personas no percibirán la gravedad de su condición ni sentirán la necesidad de salvación. Por otro lado, si ignoramos que cada persona conserva un anhelo de Dios, corremos el riesgo de adoptar un pesimismo que nos impida testificar.
Por ello, ambos versículos (Ro 1:18 y 1:19) han de mantenerse en equilibrio. De este modo, afrontamos con realismo la seriedad del pecado y de la ira divina, pero también albergamos la esperanza de que quien se arrepienta encontrará la salvación. Así la Iglesia puede decir al mundo: “Dentro de ti hay una semilla que puede conocar a Dios. Pero mientras te aferres al pecado, estarás bajo la ira divina. Arrepiéntete pronto y vuelve a Dios”. Y a quien acepte esta invitación, el evangelio se manifestará como poder de vida y salvación.
En resumen, Romanos no termina denunciando el pecado; más bien, lo revela para llevarnos a la salvación. Pablo expone sin rodeos la perversidad humana desde el capítulo 1 hasta el 3, y luego nos presenta la obra redentora de Jesucristo, mediante la cual el pecador puede ser justificado y convertirse en hijo de Dios. Este es el evangelio magistral desarrollado en la Epístola, y Romanos 1:18-19 es su pórtico de entrada.
En las exposiciones de David Jang, se nos recuerda que debemos “reconocer nuestros pecados y arrepentirnos” y “abrirnos a la voz de Dios que ya está impresa en lo más profundo de nuestro ser”. Nadie puede vivir sin Dios, porque fuimos creados para Él, y por eso, aun estando en el pecado, lo buscamos y lo necesitamos. Ese anhelo puede impulsarnos a la salvación, a menos que lo rechacemos por completo. Si decidimos desecharlo, nos toparemos con la ira divina. Si, en cambio, lo aceptamos y nos dirigimos al encuentro con Dios a través del evangelio, recibimos el perdón y la vida eterna.
Así pues, Romanos 1:18-19 funciona como una obertura que anticipa toda la trama del evangelio. Muestra el problema del pecado y la ira de Dios, y a la vez la posibilidad de percibir a Dios. De esta manera plantea preguntas inevitables: “¿Por qué necesitamos salvación? ¿Cómo podemos salvarnos?”. Y el resto de Romanos responde: la salvación se halla en Cristo Jesús. La Iglesia, por ende, está llamada a proclamar esta verdad: estamos bajo la ira de Dios a causa del pecado, pero somos capaces de conocerle y Él nos ha brindado el camino de retorno en Jesús. Este mensaje debe resonar en medio de la humanidad, porque el hombre es un ser creado para Dios. Solo Cristo, y no ninguna otra alternativa, puede librarnos del pecado y de la ira divina, restituyendo nuestra condición de hijos de Dios.
En palabras de David Jang, la Iglesia no debe olvidar jamás este meollo del evangelio. Debe señalar el pecado sin tapujos, pero sin omitir la esperanza de la conversión y la posibilidad de volver a Dios. Y, al mismo tiempo, reconocer que cada persona conserva una chispa de anhelo por Él, de modo que podemos acercarnos al mundo con respeto y confianza, presentándoles las buenas nuevas. Solo así, juntando la realidad del pecado y la grandeza de la gracia, el evangelio de Romanos seguirá mostrando su poder transformador en el presente.
El fin último de todo este planteamiento es que el hombre “recupere su yo auténtico” y se reconcilie con Dios. Separados de Él, vivíamos en hostilidad y, al ser justificados por la sangre de Cristo, recibimos la adopción como hijos y experimentamos su amor por el Espíritu Santo, encontrando un nuevo significado y propósito en la vida. Al restablecerse la relación vertical con Dios (la piedad), pueden comenzar a restaurarse también las relaciones horizontales (la justicia). El principio de Romanos es claro: si no resolvemos la impiedad, la injusticia no podrá sanarse.
En definitiva, Romanos 1:18-19 condensa en tan solo dos versículos los pilares centrales de la teología del evangelio. La humanidad está en pecado y bajo la ira divina, pero a la vez existe en nosotros un “conocimiento de Dios” que puede llevarnos a aceptar el evangelio. Hoy, como ayer, hay incontables personas que buscan sentido en la ciencia, la filosofía, las artes y múltiples corrientes de pensamiento, sin encontrar la respuesta definitiva. Esta solo reside en Jesucristo. La Iglesia, como depositaria de esta verdad, debe presentar el perdón del pecado y la vida eterna a quienes reconozcan su falta y se arrepientan.
David Jang remarca que el análisis de estos versículos de Romanos exhorta a la Iglesia a contemplar tanto la severidad del problema espiritual humano como la magnitud de la gracia de Dios. La ira de Dios es real, y su amor y salvación también lo son. El hombre está en poder del pecado y la muerte, pero también existe un deseo de Dios en su interior. Viendo esto, debemos proclamar: “Cree en Jesucristo y serás salvo”. Cuando esa voz alcanza la dimensión más profunda del corazón humano, de la que habla Romanos 1:19, muchos reconocen: “Esto es lo que mi interior pedía”. El paso decisivo es la conversión, el “volvernos al Señor” que nos introduce en la salvación.
En conclusión, Romanos 1:18-19 superpone la ira de Dios y la percepción de Dios en el interior del hombre. Este texto enuncia el prólogo que abordará plenamente la realidad del pecado y de la salvación en la Epístola. Pablo, a la vez que conduce a sus lectores a reconocer la profundidad del pecado, les abre la puerta a la esperanza de la reconciliación con Dios. Tanto el pastor David Jang como muchos otros pastores y teólogos examinan este pasaje con detenimiento porque es ahí donde comienza Romanos su gran desarrollo del evangelio: ver primero el pecado para poder comprender la salvación, y percibir que en lo profundo del hombre late el anhelo de Dios, para dejar espacio al evangelio.
Que la Iglesia y los creyentes no olviden que la proclamación de la ira divina y la conciencia interior de Dios son esenciales para presentar con fidelidad el mensaje de Cristo. Quien desconoce su pecado difícilmente anhelará salvación; quien no sabe que lleva en su interior la huella de Dios podría sentirse sin esperanza. La conjunción de ambos aspectos sostiene el ministerio de anunciar a un mundo caído que, pese a hallarse bajo la ira, puede volver a Dios por medio de Jesucristo. Precisamente en esa tensión radica el poder del evangelio que describe Romanos: de la muerte a la vida, de la ira a la reconciliación, del pecado a la justificación.
Así, podemos resumir: “Estamos bajo la ira de Dios por causa del pecado, pero dentro de nosotros existe la capacidad de buscar a Dios, y Él ha dispuesto la vía de salvación en Cristo”. Esta afirmación sigue vigente para cualquier tiempo y cultura. Quien acepte la invitación y se arrepienta será liberado; quien la rechace, se enfrentará al juicio. Por tanto, cada cual debe decidir cómo responderá al evangelio. Romanos 1:18-19 da inicio a este gran drama de la salvación, presentándonos la realidad del pecado y la esperanza de la redención. La Iglesia debe predicar este mensaje, y cada persona debe confrontarse con él. Y si lo abraza, hallará la vida eterna y recobrará su verdadera identidad en Dios. Esa es la esencia del mensaje de Pablo a los romanos y, también, el eco de las enseñanzas del pastor David Jang.